El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Los marineros de Curwen desembarcaban luego la mercancía en un punto determinado de la costa y desde allí la transportaban a la granja, dejándola en el mismo edificio de piedra que había dado alojamiento a los negros. El cargamento consistía casi enteramente en cajones, de los cuales gran número tenía una forma oblonga, forma que recordaba ominosamente la de los ataúdes.
Weeden vigilaba la granja con incansable asiduidad, visitándola noche tras noche durante largas temporadas. Raramente dejaba pasar una semana sin acercarse a ella excepto cuando el terreno estaba cubierto de nieve, en la que habría dejado impresas sus huellas, y aun en esos días se aproximaba lo más posible cuidando de no salirse de la vereda o de caminar sobre el hielo del río vecino a la granja, con el fin de poder ver si había rastros de pisadas en torno a la casa. Para no interrumpir la vigilancia durante las ausencias que le imponía su trabajo, se puso de acuerdo con un amigo que solía beber con él en la taberna, un tal Eleazar Smith, que desde entonces le sustituyó en su tarea. Entre los dos pudieron haber hecho circular rumores extraordinarios, y si no lo hicieron, fue solamente porque sabían que publicar ciertas cosas habría tenido el efecto de alertar a Curwen haciéndoles imposible toda investigación posterior, cuando lo que ellos querían era enterarse de algo concreto antes de pasar a la acción. De todos modos lo que averiguaron debió ser realmente sorprendente. En más de una ocasión dijo Charles Ward a sus padres cuánto lamentaba que Weeden hubiese quemado su cuaderno de notas. Lo único que se sabe de sus descubrimientos es lo que Eleazar Smith anotó en un diario, no muy coherente por cierto, y lo que otros autores de diarios íntimos y cartas repitieron después tímidamente, es decir, que la propiedad campestre era solamente tapadera de una peligrosa amenaza cuya profundidad escapaba a toda comprensión.
Se cree que Weeden y Smith quedaron convencidos al poco tiempo de comenzar sus investigaciones de que por debajo de la granja se extendía una red de catacumbas y túneles habitados por numerosas personas además del viejo indio y su esposa. La casa era una antigua reliquia del siglo XVII, con una enorme chimenea central y ventanas romboides y enrejadas, y el laboratorio se hallaba en la parte norte, donde el tejado llegaba casi hasta el suelo. El edificio estaba completamente aislado, pero, a juzgar por las distintas voces que se oían en su interior a las horas más inusitadas, debía llegarse a él a través de secretos pasadizos subterráneos.

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