El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Cierto que el Pawtuxet es un río muy largo que pasa a través de regiones habitadas en las que abundan los cementerios, y cierto que las lluvias primaverales habían sido muy intensas, pero a los pescadores de los alrededores del puente no les gustó la horrible mirada que les dirigió uno de aquellos objetos ni el modo en que gritaron otros que habían perdido toda semejanza con las cosas que habitualmente gritan. Weeden estaba ausente por entonces, pero los rumores llegaron a oídos de Smith, que se apresuró a dirigirse a la orilla del río, donde halló evidentes vestigios de amplias excavaciones. No había quedado al descubierto, sin embargo, la entrada a ningún túnel, sino muy al contrario, una pared sólida mezcla de tierra y ramas recogidas más arriba. Smith empezó a cavar en algunos lugares, pero se dio por vencido al ver que sus intentos eran vanos, o, quizá, al temer que pudieran dejar de serlo. Habría sido interesante ver lo que habría hecho el obstinado y vengativo Weeden de haberse encontrado allí en esos momentos.


3

En el otoño de 1770, Weeden decidió que había llegado el momento de hablar a otros de sus descubrimientos, ya que poseía un gran número de datos, y disponía de un testigo ocular para desvirtuar la posible acusación de que los celos y el afán de venganza le habían hecho imaginar cosas que no existían. Como primer confidente escogió al capitán James Mathewson, del Enterprise, que por una parte le conocía lo suficiente para no dudar de su veracidad, y, por otra, tenía la suficiente influencia en la ciudad para hacerse escuchar a su vez con respeto. La conversación tuvo lugar cerca del puerto, en una habitación de la parte alta de la Taberna de Sabin, y en presencia de Smith, que podía corroborar cada una de las afirmaciones de Weeden. El capitán Mathewson quedó sumamente impresionado. Como casi todo el mundo en la ciudad, albergaba sus sospechas acerca del siniestro Joseph Curwen, de modo que aquella confirmación y ampliación de datos le bastó para convencerse totalmente.
Al final de la conferencia estaba muy serio y requirió a los dos jóvenes para que guardaran absoluto silencio. Dijo que él se encargaría de transmitir separadamente la información a los ciudadanos más cultos e influyentes de Providence, de recabar su opinión, y de seguir el consejo que pudieran ofrecerle. En cualquier caso, era esencial la mayor discreción, ya que el asunto no podía ser confiado a las autoridades de la ciudad y convenía que no llegara a oídos de la excitable multitud para evitar que se repitiera aquel espantoso pánico de Salem, ocurrido hacía menos de un siglo y que había provocado la huida de Curwen de aquella ciudad.

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