El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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De hecho, al mostrar los títulos a los empleados pareció cuidarse mucho de que no vieran el texto del interior, manifestando un profundo desasosiego que la importancia del hallazgo desde el punto de vista de la genealogía o la historia no bastaba para explicar. Al regresar a su casa, dio cuenta de la noticia con cierta turbación, como si quisiera dar a entender la importancia del descubrimiento sin tener que verse obligado a demostrarla. Ni siquiera mostró los títulos a sus padres. Se limitó a decirles que había encontrado algunos documentos de puño y letra de Joseph Curwen, «la mayoría de ellos en clave», los cuales tendría que estudiar minuciosamente antes de pronunciarse acerca de su verdadero significado. Es muy probable que tampoco hubiera mostrado su hallazgo a los obreros que levantaban el cuadro de no ser por la excitación que le embargó en ese preciso momento. Una vez hecho, es indudable que trató por todos los medios de ocultar una curiosidad que pudiera contribuir a que el asunto se comentara.
Aquella noche Charles Ward no se acostó. Pasó hora tras hora leyendo los documentos y el libro recién descubiertos, y cuando se hizo de día, continuó leyendo. Por petición suya se le enviaron las comidas a su habitación y sólo salió de ésta por unos momentos cuando llegaron los obreros encargados de instalar en su estudio el panel con el retrato. A la noche siguiente durmió vestido y sólo unas pocas horas, en las que interrumpió su enfebrecido descifrar del manuscrito. Por la mañana su madre le vio trabajando en la copia del documento de Hutchinson, el cual le había mostrado su hijo con frecuencia, pero en respuesta a sus preguntas, éste se limitó a decir que la clave de Curwen no servía para descifrarlo. Esa tarde abandonó su tarea para contemplar fascinado a los obreros que habían venido a instalar el cuadro. Habían colocado estos el panel sobre una chimenea falsa dotada de un fuego eléctrico que daba la impresión de ser real, encajándolo en un marco que hacía luego con el revestimiento de madera de la habitación. Lo habían serrado y sujetado a la pared por medio de bisagras dejando un espacio vacío detrás a modo de alacena. Cuando, una vez terminada su tarea se marcharon los obreros, el joven se sentó delante del retrato con la mitad de su atención concentrada en el manuscrito y la otra mitad en el cuadro que parecía devolverle su propia imagen como si de un espejo se tratara.

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