El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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No había luz; pero por el hueco que noté a mi derecha, comprendí que Tobey se había ido, sólo Dios sabía adónde. Sobre mi pecho, aún pesaba el brazo del durmiente de mi izquierda.
Luego se produjo un relámpago, el rayo sacudió la montaña entera, iluminó las criptas más oscuras de la añosa arboleda, y desgarró el más viejo de los árboles retorcidos. Ante el fucilazo demoníaco del rayo, el durmiente se incorporó de repente, y en ese instante la claridad que entró por la ventana proyectó su sombra vívidamente contra la chimenea, de la que yo no conseguía apartar los ojos un momento. No comprendo cómo me encuentro vivo todavía, y en mi sano juicio. No me lo explico; porque la sombra que vi en la chimenea no era la de George Bennett, ni de ninguna criatura humana, sino una blasfema anormalidad de los más profundos cráteres del infierno; una abominación indecible e informe que mi mente no llegó a captar por completo, ni hay pluma que la pueda describir. Un segundo después, me encontraba solo en la mansión maldita, temblando, balbuceando. George Bennett y William Tobey habían desaparecido sin dejar rastro, ni siquiera de lucha. Nunca más volvió a saberse de ellos.


II. Un muerto en la tormenta

Después de aquella espantosa experiencia en la mansión inmersa en la espesura tuve que guardar cama, agotado de los nervios, en el hotel de Lefferts Corners. No recuerdo exactamente cómo me las arreglé para llegar al automóvil, ponerlo en marcha, y regresar secretamente al pueblo; no conservo conciencia clara de nada, salvo de unos árboles de gigantescos brazos, el fragor demoníaco de los truenos, y sombras caronianas entre los bajos montículos que punteaban y rayaban la región.
Mientras temblaba y meditaba sobre lo que proyectaba aquella sombra enloquecedora, comprendí que al fin había vislumbratl o uno de los supremos horrores de la tierra, uno de esos males innominados de los vacíos exteriores cuyos débiles y demoníacos zarpazos oímos a veces en el borde más remoto del espacio, contra los que la piadosa limitación de nuestra vista finita nos tiene misericordiosamente inmunizados. No me atrevía a analizar o identificar la sombra que había percibido. Un ser había permanecido tendido entre la ventana y yo, aquella noche, y me estremecía cada vez que, irreprimiblemente, mi conciencia trataba de clasificarlo. Ojalá hubiese gruñido, ladrado o reído entre dientes... al menos eso habría aliviado mi abismal terror.

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