El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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De los descendientes de Gerrit Martense se sabe menos que de él mismo, ya que todos fueron educados en el odio a la civilización inglesa, y se les enseñó a no tratar con los colonialistas que la aceptaban. Sus vidas fueron enormemente retiradas, y la gente afirmaba que este aislamiento les volvió torpes de palabra y comprensión. Al parecer, todos estaban marcados por una extraña y hereditaria disimilitud en los ojos: tenían uno azul y el otro castaño. Sus contactos sociales se fueron haciendo cada vez más escasos, hasta que finalmente acabaron casándose con la numerosa clase servil que vivía en sus tierras. Muchas de las familias multitudinarias degeneraron, cruzaron el valle, y fuerón a mezclarse con la población mestiza que más tarde produciría a los desdichados colonos. Los demás siguieron unidos tercamente a la mansión ancestral, volviéndose cada vez más exclusivistas y taciturnos, aunque adquiriendo una sensibilidad especial respecto de las frecuentes tormentas.
Casi toda esta información llegó al mundo exterior a través del joven Jan Martense, que movido por una especie de inquietud, se alistó en el ejercito colonial, cuando llegó a la Montaña de las Tempestades la noticia de la Convención de Albany. El fue el primero de los descendientes de Gerrit que vio mundo; y al regresar en 1760, después de seis años de campaña, su padre, sus tíos y sus hermanos le odiaron como a un intruso, a pesar de sus ojos desiguales de Martense. Ya no podía compartir las rarezas y prejuicios de los Martense, ni le excitaron las tormentas de la montaña como antes. En cambio, le deprimía el entornó; y escribía a menudo a su amigo de Albany sobre sus proyectos de abandonar el techo paterno.
En la primavera de 1763, Jonathan Gifford, el amigo de Jan Martense que vivía en Albany, se sintió preocupado por su silencio; especialmente, por la situación y las peleas que sabía que había en la mansión Martense. Dispuesto a visitar personalmente a Jan, se internó por las montañas a caballo. Su diario constata que llegó a la Montaña de las Tempestades el 20 de septiembre, encontrando la mansión en avanzado estado de decrepitud. Los sombríos Martense de extraños ojos, cuyo aspecto impuro y animal le impresionó sobremanera, le dijeron con acento torpe y gutural que Jan había muerto. Insistieron en que le había matado un rayo el otoño anterior; y ahora estaba enterrado detrás de los hundidos y abandonados jardines.

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