El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Enseñaron el lugar de la sepultura al visitante, unos palmos de tierra pelada y sin señales. Hubo algo en la actitud de los Martense que despertó en Gifford un sentimiento de repugnancia y recelo; y una semana más tarde regresó con una pala y un pico, dispuesto a abrir la fosa de nuevo. Encontró lo que se había temido: un cráneo cruelmente aplastado como por unos golpes salvajes; de modo que regresó a Albany, y denunció formalmente a los Mar tense de haber asesinado a un miembro de la familia.
No había pruebas legales, pero la noticia se propagó rápidamente por toda la región; y a partir de entonces, el mundo condenó a los Martense al aislamiento. Nadie quiso tratos con ellos, y evitaron su apartada residencia como un lugar maldito. Ellos, por su parte, se las arreglaron para vivir independientemente con el producto de sus tierras, puesto que las luces que ocasionalmente se veían en la casa desde los montes lejanos atestiguaban que aún vivían. Dichas luces se estuvieron viendo hasta 4810; pero hacia el final, se hicieron muy infrecuentes.
Entretanto, empezó a correr a propósito de la mansión de la montaña un sin fin de leyendas infernales. El lugar fue doblemente evitado, y dotado de toda clase de historias que la tradición fue capaz de proporcionar. Siguió sin ser visitada hasta 1816, en que la prolongada ausencia de luz en ella llamó la atención de los colonos. Una partida de hombres efectuó entonces un reconocimiento, encontrando la casa desierta y parcialmente en ruinas.
No descubrieron ningún esqueleto, así que supusieron que se habían marchado. Al parecer, el clan se había ido hacia varios años, y los improvisados cobertizos revelaban lo numerosos que eran, antes de su emigración. Su nivel cultural había descendido muchísimo, como probaba el deterioro del mobiliario y la vajilla de plata esparcida, sin duda abandonada mucho antes de que sus propietarios se marcharan; Pero aunque los temidos Mar-tense se habían ido, la encantada casa continuó causando temor; temor que se intensificó cuando nuevos y extraños rumores vinieron a inquietar a los decadentes montañeses. Allí siguió, desierta, temida, y vinculada al espectro vengativo de Jan Martense. Y allí seguía aún, la noche en que cavaba yo en la sepultura dejan Martense.
He calificado de idiota mi prolongado cavar, y así era, efectivamente, por su objeto y su método. No tardé en desenterrar el ataúd dejan Marte nse -que ahora ya sólo contenía polvo y salitre-; pero en mis ansias furiosas por exhumar su fantasma, seguí cavando terca, irracionalmente más abajo de donde había reposado.

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