El (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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He tenido la buena fortuna de conservar el solar rural de mis antepasados, aunque ha quedado encerrado por dos ciudades; primero por Greenwích, que llegó hasta aquí después de 1800, y luego por Nueva York, que se la anexionó hacia 1830. Tenía muchos motivos para conservar este lugar estrechamente unido a mi familia, y en ningún momento me he descargado de tales obligaciones. El propietario que tomó posesión de él en 1768 estudió ciertas artes e hizo ciertos descubrimientos, todos ellos relacionados con influjos que residían en este trozo concreto de terreno, y eran dignos de la más estrecha custodia. Ahora deseo mostrarle algunos efectos singulares de estas artes y descubrimientos, bajo el más estricto secreto; creo que puedo fiarme lo bastante de mi apreciación de los hombres como para saber que cuento con su interés y su discreción.
Calló un momento, y yo no pude hacer otra cosa que asentir con un movimiento de cabeza. He dicho que me sentía alarmado; sin embargo, para mí no había nada más devastador que el mundo material y diurno de Nueva York, y tanto si este hombre era un excéntrico inofensivo, o un experto en artes peligrosas, no tenía otra elección que seguirle y satisfacer mis ansias de asombro, fuera lo que fuese lo que él tuviera que ofrecer. Así que presté atención.
- A... mi antepasado -prosiguió en voz baja- le parecía que había ciertas cualidades excepcionales en la voluntad del ser humano; cualidades de un poder insospechado, no sólo sobre los actos del propio yo y del de los demás, sino sobre toda clase de fuerza y sustancia de la Naturaleza, y sobre muchos elementos y dimensiones considerados más universales que la propia Naturaleza. ¿Puedo decir que se burlaba de la santidad de cosas tan grandes como el espacio y el tiempo, y que dio extraños usos a los ritos de determinados pieles rojas mestizos que en el pasado solían acampar en esta colina? Estos indios se irritaron mucho cuando se construyó el edificio, y se volvieron insoportablemente tercos en su afán de visitar sus jardines durante el plenilunio. Durante años entraron subrepticiamente, saltando la tapia cada mes, cuando podían, para ejecutar determinadas ceremonias secretas. Luego, en el 68, el nuevo propietario les sorprendió in fraganti, y se quedó paralizado ante lo que vio. A partir de entonces negoció con ellos, permitiéndoles el libre acceso a sus terrenos a cambio de que le revelasen el sentido profundo de sus actos; y se enteró entonces de que parte de esta costumbre la habían heredado de sus antepasados pieles rojas, y, parte, de un viejo holandés de los tiempos de los Estados Generales.

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