El (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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A mi derecha, el Hudson brillaba perversamente; y más allá, frente a mí, observé el centelleo malsano de una inmensa marisma constelada de nerviosas luciérnagas. Se apagó el relámpago, y una sonrisa maligna iluminó el cerúleo rostro del viejo nigromante.
-Eso fue antes de mis tiempos.... antes de los tiempos del nuevo propietario. Pero probemos otra vez.
Sentí que me abandonaban las fuerzas, más aún que ante la odiosa modernidad de aquella ciudad maldita.
-¡Dios mío! -murmuré-; ¿puede hacer eso con cualquier época?
Y al verle asentir, y descubrir los negros tocones de lo que en otro tiempo fueron dientes amarillos, me agarré a las cortinas para evitar caerme. El me sujetó con su garra fría y terrible, y repitió su gesto insidioso.
Nuevamente surgió un relámpago.... pero esta vez iluminó un paisaje no del todo extraño. Era Greenwich; el Greenwich de otros tiempos, con algún que otro tejado o fila de fachadas aquí y allá, tal como los vemos hoy, aunque con verdeantes callejas y prados y herbosas zonas comunales. La marisma seguía brillando más allá; pero a lo lejos vi los campanarios de lo que entonces era todo Nueva York, con las iglesias de la Trinidad, San Pablo y la llamada Brick Church dominando a sus hermanas, y una débil neblina de humo de leña extendiéndose por encima de todo. Aspiré profundamente, aunque no tanto por la visión misma como por las posibilidades que evocó mi imaginación aterrada.
-¿Podría.... se atrevería... a alejarse más? -dije con temor; y creo que él compartió este temor durante un segundo, pero recobró su sonrisa malévola.
-¿Alejarme más? ¡Lo que yo he visto le dejarla a usted petrificado! ¡Tanto hacia atrás, muy atrás, como hacia adelante, muy adelante..., ¡mire, estúpido pusilánime!
Y al tiempo que gruñía esta frase para sí, hizo un nuevo gesto, provocando en el cielo un relámpago más cegador que los dos anteriores. En espacio de tres segundos enteros pude ver una visión pandemónica, y en esos segundos contemplé un paisaje que en adelante atormentará siempre mis sueños. Vi los cielos infestados de extraños seres voladores y, por debajo de ellos, una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, impías pirámides que se elevaban salvajemente hasta la luna, e innumerables ventanas iluminadas con luces demoníacas. E, hirviendo de forma nauseabunda en aéreas galerías, vi a las gentes amarillas y de ojos rasgados que poblaban esa ciudad, vestidas horriblemente de rojo y naranja y danzando insensatamente al son febril de unos timbales, al son del estrépito obsceno de los crótalos y el gemido maníaco de unos cuernos apagados cuyo incesante gemido subía y bajaba, ondulante como las olas de un océano impío de betún.

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