El (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Desembarazado de los escombros, crucé el piso y corrí hacia la puerta; al comprobar que no podía abrirla, agarré una silla, rompí la ventana y salté frenéticamente por ella al césped descuidado donde la luz de la luna danzaba sobre la maleza y la yerba crecida. La tapia era alta, y todas las entradas estaban cerradas con llave; pero ayudándome con un montón de cajones que había en un rincón, conseguí trepar a lo alto y sujetarme a una gran urna de piedra que allí había.
En mi agotamiento, no vi a mi alrededor más que extrañas paredes y ventanas y viejas techumbres holandesas. No descubrí en ninguna parte la empinada calle por la que había subido al llegar, y lo poco-que conseguí distinguir quedó sumergido rápidamente en la niebla que subía del río, a pesar del resplandor de la luna. De repente, la urna a la que me había sujetado empezó a temblar, como si compartiese mi vértigo mortal; y un instante después se soltó mi cuerpo, precipitándose no sé a qué destino.
El hombre que me encontró dijo que debí de arrastrarme durante largo trecho, a pesar de mis huesos rotos, ya que había dejado un rastro de sangre hasta donde él se había atrevido a mirar. La lluvia que comenzaba a caer borró muy pronto esta conexión con el escenario de mi ordalía, y los informes sólo pudieron determinar que salí de algún lugar desconocido, llegando hasta la entrada de un patio pequeño y oscuro frente a Perry Street.
Jamás he intentado volver a esos laberintos tenebrosos, ni enviaría allí a ningún hombre en su sano juicio. No tengo idea de qué ser era aquél; pero repito que la ciudad está muerta y llena de horrores insospechados. No sé adónde habrá ido; yo he regresado a casa, a las callejuelas puras de Nueva Inglaterra por las que corre la suave brisa marina al atardecer.


ÉL
H. P. LOVECRAFT

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