En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Cuando por fin me atrevía a mirarme, y percibía mi figura humana y familiar, sentía invariablemente un raro alivio. Pero para lograr ese descanso tenía que vencer primero un miedo infinito. Evitaba los espejos por sistema, y me afeitaba en la barbería.
Pasé mucho tiempo sin relacionar estos sentimientos inquietantes con las visiones fugaces que pronto comenzaron a asaltarme cada vez más, y la primera vez que lo hice, fue con motivo de la extraña sensación que tenía de que mi memoria había sido alterada artificialmente.
Tenía la convicción de que tales visiones poseían un significado profundo y terrible para mí, pero era como si una influencia externa y deliberada me impidiese captar ese significado. Luego, empecé a sentir esas anomalías en la percepción del tiempo, y me esforcé desesperadamente por situar mis visiones oníricas en sus correspondientes coordenadas tempoespaciales.
Al principio, más que horribles, las visiones propiamente dichas eran meramente extrañas. En ellas, me hallaba en una cámara abovedada cuyas elevadísimas arquivoltas de piedra casi se perdían entre las sombras de las alturas. Cualquiera que fuese la época o lugar en que se desarrollaba la escena, era evidente que los constructores de aquella cámara conocían tanta arquitectura, por lo menos, como los romanos.
Había ventanales inmensos y redondos, puertas rematadas en arco y pedestales o altares tan altos como una habitación ordinaria. Sobre los muros se alineaban vastos estantes de madera oscura, con enormes volúmenes que mostraban incomprensibles descripciones jeroglíficas en sus lomos.
En su parte visible, los muros estaban construidos con bloques en los que había esculpidas unas figuras curvilíneas, de diseño matemático, e inscripciones análogas a las que mostraban los enormes libros. La sillería, de granito oscuro, era de proporciones megalíticas. Los sillares estaban tallados de forma que la cara superior, convexa, encajaba en la cara cóncava inferior de los que descansaban encima.
No había sillas, pero sobre los inmensos pedestales o altares había libros desparramados, papeles, y ciertos objetos que tal vez fuesen material de escritorio: un recipiente de metal purpúreo, curiosamente adornado, y unas varas con la punta manchada. A pesar de la gran altura de dichos pedestales, sin saber cómo, los veía yo desde arriba. Algunos de ellos tenían encima grandes globos de cristal luminoso que servían de lámparas, y artefactos incomprensibles, construidos con tubos de vidrio y varillas de metal.
Las ventanas, acristaladas, estaban protegidas por un enrejado de aspecto sólido. Aunque no me atreví a asomarme por ellas, desde donde me encontraba podía divisar macizos ondulantes de una singular vegetación parecida a los helechos.

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