La Llamada de Cthulhu (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Ningún libro había siquiera insinuado la existencia de éste, aunque los chinos imperecederos afirmaron que el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred contenía ciertos dobles significados que los iniciados podían interpretar a su antojo, especialmente el tan discutido pareado:

«Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
y con los evos extraños aún la muerte puede morir.»

Legrasse, profundamente impresionado, y no menos perplejo, había intentado informarse en vano acerca de las afiliaciones históricas del culto. Aparentemente, Castro había dicho la verdad cuando afirmó que éste era completamente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna acerca de la estatuilla o la secta y, en aquel preciso momento, el inspector había llegado hasta las máximas autoridades del país para encontrarse únicamente con el relato de Groenlandia que había contado el profesor Webb. El interés febril que el relato de Legrasse despertó durante la reunión, corroborado por la propia estatuilla, quedó reflejado en la correspondencia subsiguiente de los asistentes, aunque los comentarios que aparecieron en las publicaciones oficiales de la sociedad fueron más bien escasos. La precaución es la principal inquietud en aquellos acostumbrados a enfrentarse en ocasiones con charlatanes e impostores. Legrasse prestó la estatuilla durante algún tiempo al profesor Webb, pero le fue devuelta al fallecer éste último y permanece hoy en su poder, tal y como he podido comprobar hace no mucho. Es un objeto auténticamente terrible, e inequívocamente parecido a la que el joven Wilcox esculpiera en sueños.
No me extraña que mi tío se entusiasmase con el relato del escultor, pues ¿qué ideas no le llegarían a la cabeza, tras lo que Legrasse había aprendido del culto, si escuchase a un joven sensible decir, no sólo que había soñado con la estatuilla y los jeroglíficos exactos de la imagen hallada en los pantanos y la tablilla de Groenlandia, sino que en sueños le habían llegado al menos tres de las precisas palabras que componían la fórmula pronunciada tanto por los diabólicos esquimales como por los mestizos de Luisiana? El inicio inmediato por parte del profesor Angell de una investigación con la mayor minuciosidad resultó eminentemente natural, aunque yo, personalmente, sospechaba que el joven Wilcox había oído del culto de alguna forma y que había inventado una serie de sueños para enfatizar aquel misterio y prolongarlo a expensas de mi tío. No cabía duda de que las descripciones de sueños y los recortes recopilados por el profesor venían a corroborar los hechos, pero la racionalidad de mi mente y la extravagancia de todo este tema me llevaron a adoptar lo que a mi juicio eran las conclusiones más sensatas.

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