La tumba (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

Página 2 de 11

Llegué a conocer bastante bien a las dríadas tutelares de aquellos árboles, y presencié a menudo sus danzas delirantes bajo el forzado resplandor de una luna menguante... Pero no debo hablar ahora de estas cosas. Hablaré únicamente de la tumba solitaria que había en la más intrincada espesura de la ladera la tumba abandonada de los Hyde, vieja y eminente familia cuyo último descendiente directo había sido depositado en sus negras cavidades bastantes decenios antes de que yo naciera.
La cripta a la que me refiero es de antiguo granito, gastado por el tiempo y manchado por las brumas y humedades de generaciones. Excavado en la falda del monte, el recinto sólo tiene visible la entrada. La puerta, una losa imponente, está sostenida por unos goznes de hierro herrumbroso y permanece extraña y siniestramente entornada sólidamente sujeta con candados y
pesadas cadenas de hierro, a la tosca manera de hace medio siglo. La residencia de la familia cuyos vástagos descansan aquí en sus urnas coronaba en otro tiempo el declive en el que se encuentra la tumba; pero hace tiempo ya que se derrumbó, presa de las llamas que un rayo provocó. Los habitantes más viejos de la región hablan con voz atemorizada de aquella tormenta que destruyó a media noche la sombría mansión, aludiendo de tal forma a lo que ellos llaman la «ira divina», que en los últimos años se avivó vagamente en mí la siempre fuerte fascinación que había sentido por el sepulcro oculto en la espesura. Sólo un hombre había perecido en el incendio. Cuando el último de los Hyde fue enterrado en este lugar de quietud y de sombras, la urna de sus cenizas llegó de un lejano país, al que la familia fue a establecerse tras el incendio. Ya no hay nadie que deposite flores ante ese pórtico de granito, y son pocos los que desafían las lúgubres sombras que parecen demorarse extrañamente junto a sus piedras desgastadas por el agua.
Nunca olvidaré la tarde en que descubrí esa semioculta morada de la muerte. Fue a mediados del verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje selvático en vívida y casi homogénea masa de verde; cuando los sentidos se embriagan con esas oleadas de húmedo verdor y de fragancia sutilmente indefinible a tierra y a vegetación. En tal ambiente, la razón pierde perspectiva; el tiempo y el espacio se vuelven triviales e irreales, y los ecos de un pasado prehistórico llama con insistencia a las puertas de la conciencia cautivada.

Página 2 de 11
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: