La tumba (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Quizá merezca la pena aclarar que no me sorprendió ni me produjo terror el enterarme de la naturaleza de la cripta. Mis originales ideas sobre la vida y la muerte me habían llevado a asociar vagamente el barro frío con el cuerpo que respira, e intuía que la grande y siniestra familia de la mansión incendiada estaba representada en cierto modo en el recinto de
piedra que trataba de explorar. Los rumores que corrían sobre ritos misteriosos y profanas orgías que se habían celebrado en épocas pasadas en la antigua residencia despertaron en mi un poderoso interés por la tumba, ante cuya puerta permanecía sentado a diario durante horas y horas. Una de las veces arrojé una vela por la rendija de la puerta, pero no conseguí ver nada, salvo un tramo de húmedas escaleras de piedra que descendían. El olor del lugar me producía repugnancia, y no obstante, me fascinaba. Sentía que lo había percibido anteriormente, en un pasado remoto más allá de todo recuerdo; antes incluso de encarnarme en este cuerpo que ahora poseo.
Al año siguiente de mi descubrimiento de la tumba, di con una traducción carcomida de las Vidas de Plutarco en el desván de mi casa, atestado de libros. Leyendo la vida de Teseo, me sentí muy impresionado por ese pasaje en que habla de una gran piedra bajo la cual el joven héroe encontraría la prueba de su destino cuando fuese lo bastante fuerte para levantar su enorme peso. La leyenda tuvo el efecto de aplacar mi vivísima impaciencia por entrar en la cripta, ya que me hizo comprender que aún no había llegado el momento. Más tarde, me decía, llegaría a tener una fuerza y una ingeniosidad que me permitirían abrir fácilmente la puerta encadenada; pero hasta entonces, debía conformarme con lo que parecía ser la voluntad del Destino.
Así que mis vigilancias junto a la húmeda entrada se volvieron menos insistentes, y dediqué gran parte de mi tiempo a otras ocupaciones, aunque eran igualmente extrañas.
Me levantaba a veces en silencio, por la noche, y salía furtivamente a pasear por los cementerios y lugares de enterramiento, de los que mis padres me habían tenido apartado. No puedo decir qué hacía yo allí, ya que ahora no estoy seguro de la realidad de ciertas cosas; pero sé que al día siguiente de esos vagabundeos nocturnos asombraba a menudo a los queme rodeaban mostrando un conocimiento de cosas casi olvidadas desde hacía generaciones.

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