La tumba (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Mi lengua, anteriormente reservada, se volvió voluble, adquiriendo la gracia fácil de un Chesterfield y el cinismo descreído de un Rochester. Exhibí una erudición singular, totalmente distinta del saber fantástico y monacal que había adquirido en mi juventud, y cubrí las guardas de mis libros con fáciles e improvisados epigramas que revelaban influencias de Gay, de Prior y de los más ágiles ingenios y rimadores augustos. Una mañana, durante el desayuno, estuve al borde del desastre, al ponerme a declamar con acento claramente ebrio una efusión de júbilo báquico del siglo XVIII, alegre y georgiana, jamás registrada en libro alguno, y que decía así:

Venid, muchachos, con la jarra de cerveza,
Bebed por el presente, antes de que huya;
Apilad en vuestro plato una montaña de carne,
Pues el comer y el beber nos vuelve alegres; Llenad, pues, vuestros vasos:
Pronto pasar la vida
¡Y muertos, ya no brinda réis por vuestro rey y vuestra amiga!

Dicen que Anacreonte tenía roja la nariz. Dios me bendiga. Prefiero estar rojo aquí abajo, Que hecho un lirio... ¡y muerto la mitad del año! Así que ven, Betty, querida;
Ven y bésame;
¡No hay en el averno otra hija de tabernero como tú!

El joven Harry anda tan tieso como puede, Ya perderá la peluca y rodará bajo las metas. Pero llenad llenad vuestros vasos.
¡Es mejor estar bajo la mesa que encontrarse bajo tierra! Así que disfrutad, reíd,
Bebed a garganta llena.
¡Menos risa habrá con seis pies de tierra encima!
¡Que el demonio me fulmine! No puedo dar un paso, ¡Maldito si puedo tenerme en pie!
Ea, tabernero, di a Betty que traiga una silla;
¡Quiero quedarme otro rato, ya que mi esposa no estd! Echadme una mano,
Que no puedo tenerme,
¡Pero quiero disfrutar mientras estoy sobre la tierra!

Fue por entonces cuando concebí el miedo que ahora me dan las tormentas. Indiferente antes a esas cosas, ahora me producían un horror indecible, y trataba de esconderme en el último rincón de la casa cada vez que el cielo amenazaba desencadenar una tormenta con todo el aparato eléctrico. Un lugar que frecuentaba con predilección durante el día era el sótano ruinoso de la mansión incendiada; y en la imaginación me representaba el edificio tal como fuera al principio. En una ocasión, sobresalté a un aldeano llevándole confiadamente a un subsótano poco profundo, cuya existencia parecía conocer yo a pesar de que había permanecido ignorado y olvidado durante generaciones.

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