La Hoya de las Brujas (Howard Phillips Lovecraft y August Derleth) Libros Clásicos

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Entró en la casa delante de mí. Oí que me anunciaba.
-Aquí está el señor Williams, el maestro.
No hubo respuesta.
Luego, de repente, me hallé en la habitación -iluminada tan sólo por una antigua lámpara de petróleo- donde se hallaban los otros tres Potter. El padre era un hombre alto, de hombros caídos y pelo gris, que no tendría más de cincuenta años, pero con aspecto de ser muchísimo más viejo, no tanto física como psíquicamente. La madre estaba indecentemente gorda; y la chica, alta y delgada, tenía el mismo aire avisado y expectante que había observado en Andrew
Andrew hizo brevemente las presentaciones, y los cuatro permanecieron a la espera de que yo dijese lo que tuviera que decir; me dio la impresión de que su actitud era un tanto incómoda, como si desearan que terminase pronto y me fuera.
-Quería hablarles sobre Andrew -dije-. Veo grandes aptitudes en él, y podría avanzar un grado o dos, si estudiara un poquito más.
Mis palabras no obtuvieron respuesta alguna.
-Estoy convencido de que tiene suficientes conocimientos y bastante capacidad para estar en octavo grado -dije, y me callé.
-Si estuviera en octavo grado -dijo el padre-, tendría que ir al Instituto al terminar la escuela, por cosa de la edad. Es la ley. Me lo han dicho.
Me vino a la memoria lo que Wilbur Dunlock me había dicho del aislamiento de los Potter y, mientras escuchaba las razones del viejo, me di cuenta de que toda la familia se hallaba tensa y de que su actitud había variado imperceptiblemente. En el momento en que el padre dejó de hablar, se restableció una uniformidad singular: era como si los cuatro estuvieran escuchando una voz interior. Dudo que se enteraran siquiera de mis palabras de protesta.
-No pueden esperar que un muchacho inteligente como Andrew se recluya en un lugar como éste -dije por último.
-Aquí estará bien -dijo el viejo Potter-. Además, es nuestro. Y ahora no vaya hablando por ahí de nosotros, señor Williams.
En su voz había una nota de amenaza que me dejó asombrado. Al mismo tiempo se me hacía cada vez más patente la atmósfera de hostilidad, que no provenía tanto de ellos como de la casa y los campos que la rodeaban.
-Gracias -dije-. Ya me voy.
Di media vuelta y salí. Andrew me siguió los pasos. Una vez fuera, dijo con suavidad:

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