La Hoya de las Brujas (Howard Phillips Lovecraft y August Derleth) Libros Clásicos

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-Salgamos a. dar una vuelta, si no le importa.
Accedió con mucho gusto.
Devolví el libro a la biblioteca y me reuní con mi reciente amigo. Poco a poco, y lo mejor que pude, le hablé de lo que pasaba con Andrew Potter, de la casa de la Hoya de las Brujas, de mi extraña experiencia psíquica, e incluso del curioso incidente de las vacas de los Dunlock. Escuchó hasta el final sin interrumpirme, lleno de interés. Por último, le expliqué que si investigaba acerca de la Hoya de las Brujas era únicamente por ayudar a mi alumno.
-Si hubiese usted indagado un poco, estaría al corriente de los extraños acontecimientos que han tenido lugar en Dunwich y en Innsmouth... así como en Arkham y en la Hoya de las Brujas -dijo Keane cuando hube terminado-. Mire usted en torno suyo: esas casas antiguas, sus ventanas cerradas hasta con postigos... ¡Cuántas cosas extrañas han sucedido en esas buhardillas! Pero nunca sabremos nada con certeza. En fin, dejemos a un lado los problemas de fe. No se necesita ver a la encarnación del mal para creer en él, ¿no le parece, señor Williams? Me gustaría prestar un pequeño servicio a ese muchacho, si usted me lo permite.
-¡Naturalmente!
-Puede resultar peligroso... tanto para usted como para él.
-Por mí, no me importa.
-Pero le aseguro que para el muchacho nada puede ser más peligroso que su situación actual; ni siquiera la muerte.
-Habla usted enigmáticamente, profesor.
-Es mejor así, señor Williams. Pero entremos... Esta es mi casa. Pase, por favor.
Entramos en una de aquellas casas antiguas de las que había hablado el profesor Keane. Las habitaciones estaban llenas de libros y antigüedades de todas clases. Me dio la impresión de que penetraba en un rancio pasado. Mi anfitrión me condujo hasta su cuarto de estar, despejó un silla de libros y me rogó que esperara mientras subía al segundo piso.
No estuvo mucho tiempo ausente; ni siquiera me dio tiempo a asimilar la curiosa atmósfera de la habitación. Cuando volvió, traía consigo unas piedras toscamente talladas en forma de estrellas de cinco puntas. Me puso cinco de ellas en las manos.
-Mañana, después de la clase, si asiste el joven Potter, arrégleselas usted para que toque una de ellas y fíjese bien en su reacción -dijo-. Dos requisitos más: debe usted llevar una encima, en todo momento; y segundo, debe apartar de su mente todo pensamiento sobre estas piedras y sobre sus propósitos.

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