Hasta en los Mares (Howard Phillips Lovecraft y H. Barlow) Libros Clásicos

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Tan sólo el diseminado remanente de humanidad superviviente a eones de cambios habitando aquellas dispersas poblaciones de la tierra tardía.
Cuántos milenios duró esto, no se sabe. El sol era lento en invadir este último refugio y, con el devenir de las eras, se desarrolló una raza fuerte y sana que no guardaba memoria o leyendas de las viejas y perdidas tierras. Este nuevo pueblo efectuaba pocas navegaciones, y las máquinas voladoras estaban totalmente olvidadas. Sus artefactos eran del tipo más simple, y su cultura sencilla y primitiva. Aun así, eran felices y aceptaban el caluroso clima como algo natural y acostumbrado.
Pero, desconocidos para aquellos sencillos campesinos, aún mayores rigores de la naturaleza les estaban reservados. Mientras pasaban las generaciones, las aguas del vasto e insondable océano fueron secándose lentamente, enriqueciendo el aire y el reseco suelo, pero menguando más a cada siglo. El batiente oleaje aún relucía claro, y los tornadizos remolinos permanecían, pero un destino de desecación pendía sobre la total extensión de las aguas. No obstante, la merma no podía ser detectada excepto mediante instrumentos más delicados que los conocidos por la raza. Aun descubriendo la gente esta contracción del océano, no es probable que cundieran grandes alarmas o perturbaciones, ya que las pérdidas eran tan ligeras y los mares tan grandes... sólo unos pocos centímetros durante muchos siglos; pero en muchos siglos, e incrementándose...
Así desaparecieron por fin los océanos, y el agua llegó a ser una rareza en el globo resecado por el ardiente sol. El hombre se había desparramado lentamente por todas las tierras árticas y antárticas. Las ciudades ecuatoriales, y muchas de las posteriores poblaciones, estaban perdidas aun para las leyendas.
Había alteraciones de la paz a cada momento, ya que el agua era escasa y sólo se encontraba en profundas cavernas. Incluso así, era bastante poca, y los hombres morían en sedientos vagabundeas por lejanos lugares. Aunque tan lentos eran aquellos mortíferos cambios que cada nueva generación era renuente a creer lo que oía de sus padres. Nadie quería admitir que el calor hubiera sido menor o el agua más abundante en los viejos tiempos, ni guardarse del ardor resecante y agostador que estaba por llegar. Así fue hasta el final, cuando sólo unos pocos centenares de humanos jadeaban en busca de aliento bajo el cruel sol: un mísero puñado agrupado de los incontables millones que una vez moraran sobre el sentenciado planeta.

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