Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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particularmente del instinto del oficio. No le había vuelto a ver desde que había sido
abandonada la explotación de Aberfoyle, y hasta ignoraba qué había sido del pobre
capataz. No podía decir en qué se ocupaba, ni siquiera dónde vivía con su mujer y su hijo.
Todo lo que sabía era que le daba una cita en el pozo Yarow; y que Harry, el hijo de
Simon Ford le esperaba en la estación de Callander todo el día siguiente. Se trataba, pues,
sin duda de visitar la mina Dochart.
-¡Iré, iré! se decía Jacobo Starr, que sentía crecer su excitación a medida que
avanzaba el tiempo.
Este digno ingeniero pertenecia a esa categoría de personas apasionadas, cuyo cerebro
está siempre en ebulticion, como una vasija de agua colocada sobre una llama ardiente.
Hay vasijas de éstas en que las ideas cuecen a borbotones y otras en que se evaporan
pacíficamente. Aquel día, las ideas de Jacobo Starr, estaban en completa ebullición.
Pero en estos momentos sucedió un incidente inesperado, que fue la gota de agua fría
destinada a producir instantáneamente la condensación de todos los vapores de aquel
cerebro.
En efecto, a las seis de la tarde, por el tercer correo, el criado de Jacobo Starr le llevó
una nueva carta.
Esta carta estaba encerrada en un sobre grosero, cuyo sobrescrito indicaba una mano
poco amaestrada en el manejo de la pluma.
Jacobo Starr rompió el sobre. No contenía más que un pedazo de papel, que amarilleaba
de viejo, y que parecía haber sido arrancado de algún cuaderno fuera ya de uso.
En este papel no había más que una frase, que decía así:
- "Es inútil que el ingeniero Jacobo Starr---, se ponga en camino; -la carta de Simon
Ford ya no tiene objeto."
Y no tenía firma.

CAPÍTULO Il

POR EL CAMINO

Todas las ideas de Jacobo Starr se detuvieron bruscamente, cuando leyó esta segunda
carta, contradictoria con la primera.
-¿Qué quiere decir esto? se preguntó.
Jacobo Starr volvió a coger el sobre, medio roto.
Llevaba, lo mismo que el otro, sello de la administración de correos de Aberfoyle.
Venía, pues, del el mismo punto del condado de Stirling. No era evidentemente, el mismo
minero el que la había escrito; pero evidentemente también el autor de esta segunda carta

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