Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Llueve a cántaros, y la cortesía no debe llegar
hasta el constipado.
-¿Queréis que nos pongamos a cubierto, señor Starr? preguntó Harry Ford.
-No, Harry. El tiempo es de agua: lloverá todo el día; y yo tengo prisa. Partamos.
-Estoy a vuestras órdenes, respondió el joven.
-Dime, Harry, ¿y tu padre está bueno?
-Perfectamente, señor Starr.
-¿Y tu madre?
-Mi madre también.
-¿Es tu padre el que me, ha escrito, dándome una cita en el pozo
Yarow?
-No; he sido yo.
-Pero ¿Simon Ford no me ha escrito una segunda carta, diciendoque no acudiera a la
invitación? preguntó rápidamente el ingeniero.
-No, señor Starr, respondió el joven.
-¡Bien! dijo Jacobo Starr; y no volvió a hablar de la carta anónima.
Después, continuando:
-Y tú ¿puedes decirme lo que quiere el viejo Simon? preguntó al joven.
-Señor Starr, mi padre se ha reservado el decirlo.
-Pero tú ¿lo sabes?...
-Yo lo sé.
-Pues bien, Harry, yo no te pregunto más. Vamos, porque tengo prisa de hablar con
Simon Ford.
-Y a propósito ¿dónde vive?
-En la mina.
-¡Cómo! ¿En la mina Dochart?
-Sí, señor Starr, respondió Harry Ford.
-¡Cómo! ¿Tu familia no ha abandonado la antigua mina, después de la cesación de los
trabajos?
-Ni un sólo día, señor Starr. Ya conocéis a mi padre. ¡Allí ha nacido, y allí quiere
morir!
-Lo comprendo, Harry; lo comprendo. ¡Su mina natal! ¡No ha querido abandonarla!
¿Y estáis allí contentos?...
-Sí, señor Starr, respondió el joven, porque nos amamos cordialmente, y tenemos
pocas necesidades.
–Bien Harry, dijo el ingeniero. ¡En marcha! y Jacobo Starr, siguiendo al joven, atravesó
las calles de Calander.
Diez minutos después ambos dejaron el pueblo.

CAPÍTULO IV

LA MINA DOCHART

Harry Ford era un joven alto de veinte y cinco años, vigoroso y de sueltos ademanes.
Su fisonomía un poco seria, y su aspecto habitualmente pensativo, le habían distinguido
desde la infancia entre sus compañeros en la mina. Sus facciones regulares, sus ojos
profundos y dulces, sus cabellos fuertes, más bien castaños que rubios, el encanto natural
de su persona, contribuía a darle el aspecto completo del Lowlander, es decir, del escocés
de la llanura. Endurecido desde su infancia en el trabajo de la mina, era al mismo tiempo
que un seguro companero, una naturaleza fuerte y buena. Guiado por su padre y llevado

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