Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Pero estos aparatos perfeccionados habían desaparecido después de la cesación de los
trabajos. No quedaba en el pozo Yarow más que una larga sucesión de escalas, separadas,
por mesetas estrechas, de 50 en 50 pies. Treinta de estas escalas colocadas así, una
después de otra, permitían bajar hasta la base de la galería inferior, a una profundidad de
1,500 pies. Era la única vía de comunicación que existía entre el fondo de la boca
Dochart y el suelo. En cuanto a la ventilación se verificaba por el pozo Yarow, que
comunicaba por medio de las galerías con otro pozo, cuyo extremo se abría a un nivel
superior. saliendo naturalmente, el aire caliente por esta especie de sifón invertido.
-Te sigo, dijo el ingeniero, haciendo una seña al joven para que le precediera.
-Estoy a vuestras órdenes, señor Starr.
-¿Llevas lámpara?
-Sí y ojalá fuese la lámpara de seguridad de que nos servíamos en otro tiempo.
-¡En efecto, dijo Starr, la formación de grisu no es ahora temible!
Harry llevaba solamente una lámpara de aceite, cuya mecha encendió.
En la mina, vacía de carbón, no podían ya producirse las fugas de gas hidrógeno
carbonado. No habiendo, pues, ninguna explosión que, temer, y ninguna necesidad de in-
terponer entre la llama y el aire ambiente, la tela metálica que impide a este gas
inflamame, la lámpara de Davy, tan perfeccionada entonces, no tenía en este Momento
aplicación.
Pero si el peligro no existía, era porque había desaparecido su causa, y con su causa el
combustible, que era la riqueza de la mina Dechart.
Harry bajó los primeros peldaños de la escala superior. Jacobo Starile siguió.
Bien pronto se encontraron ambas en una oscuridad profunda, que sólo, rompía la luz
de la lámpara. El joven la elevaba por encima de su cabeza, a fin de iluminar mejor a su
compañero.
Bájaron diez escalas con ese paso mesurado habitual al minero. Las escalas estaban aún
en muy buen estado.
Jacobo Starr, observaba curiosamente lo que la insuficiente luz de la lámpara le dejaba
ver de las paredes del sombrío pozo, que conservában aún medio podrido el revestimiento
de madera.
Cuando llegaron a la quinta meseta, es decir, a la mitad del camino, se pararon algunos
instantes.
-¡Decididamente, yo no tengo tus piernas, hijo mío, dijo el ingeniero, respirando

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