Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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largamente; pero en fin todavía puedo!
-Sois muy fuerte, señor Starr, respondió Harry; de algo sirve, ya lo veis, haber vivido
tanto tiempo en la mina.
-Tienes razón, Harry. Cuando yo tenía veinte años, habría bájado sin respirar.
¡Vamos, en marcha!
Pero en el momento, en que ambos iban a abandonar la meseta, oyeron una voz, aunque
lejana, en las profundidades de la mina.
-¡Eh! ¡Quién está ahí! preguntó el ingeniero deteniendo a Harry.
-No puedo decirlo, contestó el joven minero.
-¿No es vuestro anciano padre?
-¡Él! no, señor Starr.
-¿Algún vecino, entonces?...
-No tenemos vecinos en el fondo de la mina, respondió Harry. Estamos solos,
completamente solos.
-¡Bueno, dejemos pasar a este intruso!, dijo Jacobo Starr. Los que bajan deben ceder
el paso a los que suben.
Ambos esperaron.
La voz resonaba en aquel momento con un magnífico timbre, como si fuese conducida
por un gran pabellón acústico; y pronto llegaron a los oídos del joven minero algunas
palabras de una canción escocesa.
-¡La canción de los lagos! exclamó Harry. Me asombraría si saliera de otros labios
que no fueran los de Jack Ryin.
-¿Y quién es ese Jack Ryan, que canta de un modo tan soberbio? preguntó Jacobo
Starr.
-Un antiguo camarada de la mina, respondió Harry.
Después inclinándose fuera de la meseta gritó:
-¡Eh! ¡Jack!
-¿Eres tú Harry? contestó la voz. Espérame que subo.
Y siguió la canción perfectamente.
Algunos instantes después, aparecía en el fondo del cono luminoso que proyectaba su
linterna, y ponía el pie en el descanso de la décima quinta escala, un joven alto de veinte
y cinco años, de cara alegre, ojos risueños, boca sonriente, y cabellos de un rubio subido.
Lo primero que hizo fue estrechar fuertemente la mano que le tendía Harry.
-¡Cuánto me alegro de encontrarte! exclamó. Sí yo hubiese sabido que subíais a la
tierra hoy, me habría evitado estar bajado al pozo Yarow.
-El señor Jacobo Starr, dijo entonces Harry, dirigiendo su lámpara hacia el ingeniero,
que se había quedado en la sombra.
-¡El señor Starr respondió Jack Ryan. ¡Ah! señor ingeniero, no lo hubiera conocido.
¡Desde que deje la mina, mis ojos no están ya acostumbrados como antes a ver en la
oscuridad!
––Y yo, me acuerdo de un picarillo que estaba cantando siempre hace ya diez años, hijo
mío.

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