Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Penetraban en la masa de los esquistos y de los gres; la mayor parte estaban apuntalados
por trapecios de gruesos maderos apenas escuadrados, y las otras cubiertas de un espeso
revestimiento de piedra. Por todas partes reemplazaban las explanadas a las venas de
combustible devorados por la explotación. Los pilares artificiales estaban hechos de
piedras arrancadas en las canteras de las cercanías; y ahora sostenían el stielo, es decir, el
doble piso de los terrenos terciarios y cuaternarios, que antes descansaban sobre el mismo
depósito.
La oscuridad llenaba entonces estas galerías que antes iluminaba la lámpara de los
mineros, o la luz eléctrica, cuyo uso se había introducido en la mina en los últimos años
de su explotación. Pero los sombríos túneles no resonaban ya con el chirrido de los
vagones, rodando sobre sus rieles, ni con el ruido de los ventiladores que se cerraban
bruscamente ni con las voces de los maquinistas, ni con los relinchos de los caballos, ni
de las mulas, ni con los golpes del pico del obrero, ni con las detonaciones de los
barrenos que hacían estallar las rocas.
––¿Queréis descansar un instante, señor Starr? preguntó el joven.
––No, respondió el ingeniero, porque tengo prisa por llegar a la choza del viejo Simon.
––Pues seguirme, señor Starr. Voy a guiaros; y sin embargo, estoy seguro de que
reconoceríais el camino en este oscuro dédalo de galerías.
––¡Sí, ciertamente! Tengo aún en la cabeza el plano de toda mi antigua mina.
Harry, seguido del ingeniero y levantando su lámpara para alumbrar mejor, penetró en
una alta galería semejante a una nave de una catedral. Sus pies tropezaban aún en las
traviesas de madera que sostenían los rieles en el tiempo de la explotación.
Pero apenas habían andado cincuenta pasos cuando una enorme piedra vino a caer a los
pies de Jacobo Starr.
––Tened cuidado, señor Starr! exclamó Harry cogiendo del brazo al ingeniero.
––¡Una piedra, Harry! ¡Ah! estas viejas bóvedas no están ya bastante seguras sin duda,
y...
––¡Señor Starr! respondió Harry Ford, ¡me parece que la piedra ha sido arrojada... y
arrojada por la mano de un hombre! ...
––¡Arrojada! exclamó Jacobo Starr. ¿Qué quieres decir?
––Nada, nada, señor Starr... respondió evasivamente Harry, cuya mirada severa habría
querido atravesar aquellos espesos muros. Sigamos nuestro camino.

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