Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Cogeos de mi brazo,
os lo ruego, y no tengais miedo de dar un paso en falso.
-¡Ya estoy, Harry!
Y siguieron caminando, mientras que Harry miraba hacia atrás, proyectando el
resplandor de su lámpara en las profundidades de la galería.
-¿Llegaremos pronto? preguntó el ingeniero.
-En diez minutos a lo más.
-Bien.
-Pero, murmuró Harry, ¡qué extraño es esto! es la primera vez que me sucede
semejante cosa. ¡Ha sido preciso que esta piedra cayese en el momento mismo en que pa-
sábamos! ...
-¡Harry, no hay en eso más que una casualidad!
-¡Casualidad! ... respondió el joven meneando la cabeza. ¡Sí... una casualidad! ...
Al decir esto se detuvo y escuchó.
-¿Qué hay? preguntó el ingeniero.
-He creído oír pasos detrás de nosotros, respondió el joven minero, que prestó el oído
más atentamente.
Después añadió:
-No, me habré equivocado. Apoyaos bien en mi brazo, señor Starr. Servíos de mí
como de un báculo...
-Un robusto báculo.. Harry, respondió Jacobo Starr. ¡No hay mejor báculo que un
joven como tú!
Y continuaron caminando silenciosamente por la sombría nave.
Con frecuencia Harry, que iba preocupado evidentemente, se volvía tratando de
sorprender algún ruido lejano o alguna lejana luz.
Pero delante y detrás de él no había más que silencio y tinieblas.

CAPÍTULO V

LA FAMILIA FORD

Diez minutos después, Jacobo Starr y Harry salían de la galería principal.
El joven y su compañero habían llegado al fondo de una plazoleta o claro -si es que
puede emplearse esta palabra para designar una vasta y oscura excavación. Sin embargo,
esta excavación no estaba completamente a oscuras. Llegaban a ella algunos rayos de la
luz del día por la boca de un pozo abandonado, que había sido practicado en los pisos
superiores. Por este conducto se establecía la ventilación en la mina Dochart. Gracias a su
menor densidad el aire caliente del interior era arrastrado al pozo Yarow.
Penetraba, pues, en este espacio, un poco de aire y de luz a la vez al través de la espesa
bóveda de esquisto.
Allí era donde Simon Ford y su familia habitaba hacía diez años, una mansión
subterránea cavada en la masa esquistosa, en el sitio mismo en que funcionaban en otro
tiempo las poderosas máquinas destinadas a la tracción mecánica de la mina Dochart.
Tal era la habitación -a que él daba el nombre de choza- donde residía el antiguo

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