Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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se sublevasen para reconquistar una libertad que echaban de menos.
De todos modos, Simon Ford tenía orgullo en pertenecer a esa gran familia de mineros
escoceses. Había trabajado con sus manos, allí mismo donde sus antepasados habían
manejado el pico, la palanca y el azadón.
A los treinta años era capataz de la mina Dochart, la más importante de todas las de
Aberfoyle. Tenía pasión por su oficio. Durante muchos años trabajó con gran celo. Su
única pena era ver disminuirse la capa carbonífera y prever la hora cercana en que se
agotase el combustible.
Entonces se dedicó a la investigación de nuevos filones en toda la extensión de las
minas de Alberfoyle, que comunicaban entre sí debajo de tierra. Había tenido la fortuna
de descubrir algunos durante el último período de explotación. Su instinto de minero le
servía maravillosamente, y el ingeniero Jacobo Starr le apreciaba mucho. Parecía que
adivinaba los depósitos de carbón en las entrañas de la mina , como el hidróscopo adivina
los manantiales bajo la superficie de la tierra.
Pero llegó el momento. según hemos dicho, en que la materia combustible faltó del
todo en la mina. Por mas que se sondeó no se encontró ningún resultado. Se adquirió la
evidencia de que el depósito carbonífero estaba completamente agotado. La explotación
cesó: los mineros se retiraron.
¿Habrá quién lo crea? aquello fue una desesperación para la mayor parte., Todos los
que saben que el hombre en el fondo toma cariño a sus mismas penas no lo extrañarán.
Simon Ford fue sin duda el más contrariado. Era por excelencia el tipo del minero, cuya
vida está indisolublemente unida a la de su mina. Desde su nacimiento no había cesado
de habitarla; y cuando los trabajos fueron abandonados, quiso vivir allí todavía. Se quedó,
pues; Harry, su hijo, se encargó de preparar la habitación subterránea, pero en cuanto a él
no había vuelto a subir a la superficie del suelo diez veces en diez años.
-¿Ir arriba?, ¿a qué? repetía, y no abandonaba su sombría morada.
En aquella atmósfera perfectamente sana, en una temperatura siempre constante, el
viejo capataz no conocía ni los calores del estío, ni los frios del invierno. Todos los suyos
estaban bueno!: ¿Qué más podía desear?
En el fondo estaba seriamente entristecido.

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