Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Su
presencia le vende casi sólo por la explosión...
-Señor Starr, respondió Simon Ford, ¿queréis permitirme que os cuente lo que he
hecho... y cómo lo he hecho..., a mi manera, evitándome rodeos?
Jacobo Starr conocía al, ex capataz y sabía que lo mejor era dejarle hablar.
-Señor Starr, continuó Simon Ford, en diez años no se ha pasado un sólo día en que
Harry y yo no hayamos pensado en volver a la mina su antigua prosperidad. -¡no! ¡ni un,
día! Si existiera un nuevo depósito estábamos decididos a descubrirle. ¿Qué medios
emplear? ¿La sonda? No nos era posible. Pero teníamos el instinto del minero; y muchas
veces se va más derecho al fin por el instinto que por la razón. A lo menos ésta es mi
creencia...
-Que yo no contradigo, respondió el ingeniero.
-Harry había observado una o dos veces durante sus excursiones en el occidente de la
mina, resplandores que se apagaban en seguida, y que aparecían algunas veces al través
del esquisto o del piso de las galerías extremas. ¿Qué causa encendía estos resplandores?
No podía, ni puedo decirlo aún. Pero seguramente estos fuegos no eran producidos sino
por la presencia del hidrógeno carbonado, y para mí el hidrógeno carbonado es el filón de
hulla.
-¿Y no producían ninguna explosión? preguntó vivamente el ingeniero.
Sí; pequeñas explosiones parciales respondió Simon Ford, que he provocado yo mismo,
cuando he querido cerciorarme de la presencia de este gas. ¿Os acordáis de qué modo se
evitaba antiguamente la explosión en las minas, antes que nuestro buen genio, Humphy
Davy, inventase su lámpara de seguridad?
-Sí, respondió Jacobo Starr. ¿Queréis hablar del "penitente"? Pero yo no lo he visto
practicar nunca.
-En efecto, señor Starr, sois demasiado joven, a pesar de vuestros cincuenta y cinco
años, para haberlo visto. Pero yo, con diez años más que vos, he visto funcionar al último
penitente de la mina. Se le llamaba así porque llevaba un largo hábito de fraile. Su
verdadero nombre era "fireman"; hombre de fuego. En aquella época no había otro medio
de destruir el gas maléfico que descomponiéndole por medio de pequeñas explosiones,
antes de que su ligereza le condenase en grandes cantidades en lo alto de las galerías. He
aquí por qué el penitente, con el rostro enmascarado, la cabeza cubierta con un capuchón

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