Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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-Ya hemos llegado, dijo el viejo. Gracias a Dios, señor Starr, estáis aquí y vamos a
saber. . .
La voz firme del pobre hombre temblaba ligeramente.
-Mi querido Simon, le dijo el ingeniero, ¡calmaos! ¡Estoy tan conmovido como vos;
pero no conviene perder el tiempo!
El extremo de la galería formaba ensanchándose, una especie de caverna oscura. En
aquel sitio no se había hecho ningún pozo, y la galería profundamente excavada en las
entrañas de la tierra, no tenía comunicación directa con la superficie del condado de
Stirling.
Jacobo Starr, profundamente interesado, examinaba seriamente el sitio en que se
encontraba.
Aún se veía sobre la pared, que terminaba esta caverna, la señal de los últimos
azadonazos, y los agujero.s de algunos barrenos, que habían producido la rotura de la
roca, en los últimos días de la explotación.
Esta materia esquistosa era muy dura; y no había habido necesidad de igualar los
salientes de la piedra de este último callejón, donde debían detenerse los trabajos. Allí, en
efecto, acababa el filón carbonífero, entre los estratos y la arenisca del terreno terciario.
Allí, en aquel mismo sitio había sido extraido el último pedazo de combustible de la mina
Dochart.
-Aquí es, señor Starr, dijo Simon levantando su pico; aquí fue donde encontramos ya
el esquisto y la arenisca, donde terminaba el carbón: pero detrás de esta pared, a una
profundidad mayor o menor está seguramente el filón cuya existeiicia os aseguro.
-¿Y es aquí, en la superficie de estas rocas donde habéis encontrado el carburo?
-Aquí mismo, señor Starr, respondió Simon Ford; y he podido inflamarle sólo con
acercar mi lampara a las capas de los esquistos.
Harry lo ha hecho también como yo.
-¿A qué altura? preguntó Starr.
-A diez pies sobre el suelo, respondió Harry.
Jacobo Starr se había sentado sobre una roca.
Parecía que después de haber olfateado el aire de la caverna, miraba a los dos mineros
como si estuvíese dispuesto a dudar de sus palabras, por terminantes que fuesen.
En efecto, el hidrógeno protocarbonado no es completamente inodoro; y el ingeniero
estaba asombrado de que su olfato, que era muy delicado, no le revelase la presencia de
gas explosivo.
En todo caso, si este gas estaba mezclado al aire ambiente era en una dosis muy
pequeña.

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