Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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No había, pues explosión que temer y se podía sin peligro abrir la lámpara de
seguridad para hacer el experimento. como lo había hecho el minero
Lo que inquietaba a Jacobo Starr no era que hubiese demasiada cantidad de gas, sino
que no hubiera bastante, o que no hubiese ninguna.
-¡Se habrán engañado! murmuró. ¡No! No son hombres para eso. Y sin embargo...
Esperaba, pues no sin cierta ansiedad que se realizase en su presencia el fenómeno
señalado por Simon Ford. Pero en este momento le pareció que lo que él acababa de
observar, es decir, la ausencia del olor característico del carburo era notado por Harry;
porque éste con voz alterada, dijo:
-Padre, parece que la fuga del gas no es por las hojas del esquisto.
-¿Que no es? exclamó el anciano.
Y Simon Ford cerrando herméticamente sus labios, aspiró fuertemente por las narices
varias veces.
Después, de pronto, y haciendo un brusco movimiento, dijo:
-Dame tu lámpara, Harry.
Simon Ford cogió la lámpara con mano agitada, febrilmente, separó la cubierta de tela
metálica que rodeaba la mecha, y la llama empezó a arder en el aire libre.
Como se había temido no se produjo ninguna explosión; pero lo que es más grave, ni
siquiera se produjo ese ligero ruido que indica la presencia del carburo en pequeñas dosis.
Simon Ford cogió el bastón que tenía Harry, y, fijando la lámpara a su extremo, le
elevó hacia las capas de aire superiores, a donde el gas, en razón de su ligereza es-
pecífica, debería acumularse por pequeña que fuera la dosis en que existiera.
La llama de la lámpara recta y blanca no manifestó ninguna señal del hidrógeno
protocarbonado.
-¡A la pared! dijo el ingeniero.
-Sí, añadió Simon Ford llevando la lámpara pegada a la pared, a través de la cual su
hijo y él también, habían notado el día anterior la fuga de gas.
El brazo del viejo temblaba, tratando de llevar la lámpara a la altura de las grietas del
ojoso esquisto.
-¡Hazlo tú Harry! dijo.
Harry cogió el palo y presentó sucesivamente la lámpara a los puntos, de la pared en
que las hojas parecían abrirse. . . pero, sacudía la cabeza tristemente, porque sus oídos no
percibían ese ruido especial del carburo que se escapa.
No hubo pues, inflamación. Era evidente que no pasaba un átomo de gas por aquella

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