Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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pared.
-¡Nada! exclamó Simon Ford, cerrando el puño, más bien con una expresión de
cólera, que de disgusto.
Entonces Harry dio un grito.
-¿Qué tienes? preguntó rápidamente Jacobo Starr.
-¡Han tapado las grietas del esquisto!
-¡De veras! exclamó el minero.
-¡Mirad, padre!
Harry no se había engañado: la obstrucción de las grietas era visible a la luz de la
lámpara. Se veía claramente una mezcla de cal reciente, que se extendía como una larga
capa blanquecina: mal cubierta con polvo de carbón.
-¡Él! exclamó Harry, no puede ser más que él.
-¡Él! repitió Jacobo Starr.
-Sí, continuó el joven, ese ser misterioso que vaga por nuestra mina, y a quien he
seguido los pasos cien veces, sin poder alcanzarle; el autor, indudable desde ahora, de esa
carta que quería impedir que viniérais a la cita dada por mi padre, señor Starr; en fin el
que nos ha arrojado aquella piedra en la galería del pozo Yarow. ¡Ah! no hay duda
posible. En todo esto anda la mano de un hombre.
Harry había hablado con tal energía, que su convicción penetró completa e
instantáneamente en el ánimo del ingeniero. En cuanto al viejo no había ya que
convencerle, veía un hecho innegtble, la obturación de las grietas por donde se escapaba
el gas la víspera.
-Coge el pico Harry, dijo Simon Ford, súbete sobre mis hombros, hijo mío. Aún estoy
bastante fuerte para sostenerte.
Harry comprendió en seguida. Su padre se arrimó a la pared; Harry se subió sobre sus
hombros, de modo que su pico pudiese llegar a la señal bastante visible de la cal. En
seguida descubrió con unos cuantos golpes la parte de roca esquitosa que había sido
tapada y se produjo un pequeño ruido semejante al del vino de Champagne cuando se
escapa de una botella, ruido que en las minas inglesas se conoce con el nombre
onomatopéyico da puf.
Harry cogió entonces su lámpara, y la aproximó a la grieta...
Se oyó una ligera detonación, y brotó una llarnita roja, azulada en su contorno, que
vagó por la pared, como un fuego de San Telmo.
Harry saltó a tierra y el viejo, no pudiendo contener su alegría cogió las manos del
ingeniero, gritando:
-¡Hurra! ¡hurra! ¡hurra! señor Starr. ¡El gas arde; luego el filón está ahí!

CAPÍTULO VIII

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