Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Jacobo Starr participaba de ella; pero
dejaba que Simon Ford se entusiasmase por los dos.
Sólo Harry permaneció pensativo. En su memoria estaban presentes las circunstancias
extraordinarias, inexplicables, con que se había descubierto el nuevo depósito, lo cual no
dejaba de inquietarle para el porvenir.
Una hora despues Jacobo Starr y sus dos compañeros estaban de vuelta en la choza.
El ingeniero comió con gran apetito, aprobando con el gesto todos los planes que
desarrollaba el anciano, y si no hubiese sido por el impaciente deseo de que llegara el día
siguiente habría dormido mejor que nunca en la tranquilidad absoluta de la choza.
Al día siguiente, después de un suculento almuerzo, Jacobo Starr, Simon Ford, Harry, y
la mistna Margarita, tomaban el camino que habían recorrido la víspera. Todos iban
como verdaderos mineros. Llevaban herramientas y cartuchos de dinamita para hacer
saltar la pared. Harry llevaba además de un gran farol una lámpara de seguridad que
podía durar doce horas. Era más de lo necesario para ir y volver, contando el tiempo
preciso para una exploración, si es que era posible.
-¡A la obra! gritó Simon Ford, cuando llegaron a la extremidad de la galería,
Y blandió con vigor una pesada palanca.
-¡Un instante! dijo entonces Jacobo Starr. Observemos si ha habido alguna variación y
si el gas sale siempre por entre las capas de la pared.
-Tenéis razón, señor Starr, respondió Harry. ¡Lo que estaba tapado, ayer, puede
estarlo también hoy!
Margarita sentada en una roca observaba atentamente la excavación, y la muralla que se
trataba de derribar.
Se cercioraron de que todo estaba como lo habían dejado. Las grietas de los extractos
no habían sufrido ninguna alteración. El hidrógeno protocarbonado se desprendía, aunque
lentamente; lo cual dependía, sin duda, de que desde la víspera tenía libre el paso. Pero
esta emisión era tan poco importante, que no llegaba a formar con el aire exterior la
mezcla detonante. Jacobo Starr y sus compañeros no tenían, pues, nada que temer. Por
otra parte este aire se purificaba poco a poco ganando las altas capas de la galería; y el
carburo extendido en toda esta atmósfera no podía producir ninguna explosión.
-¡Manos a la obra! volvió a decir Simon Ford.
Y en breve, bajo la acción, de la palanca vigorosamente manejada, saltaron pedazos de

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