Las Indias Negras (Julio Verne) Libros Clásicos

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Norte a Sur, y llegaban a penetrar bajo el canal del Norte. La importancia de esta cuenca
no podía ser aprecia da sino por la sonda; pero debía exceder a la de las capas carbonífe-
ras de Cardiff, en el país de Gales, y a los depósitos de Newcastle, en el condado de
Nortumberland.
Es preciso añadir que la explotación de esta mina iba a ser muy fácil, porque por una
disposicion caprichosa de los terrenos secundarios, por un inexplicable movimiento de las
materias minerales en la época geológica, en que esta masa se solidificaba, la naturaleza
había multiplicado las galerías y los túneles de la Nueva Aberfoyle.
¡Sí, sólo la naturaleza! A primera vista podría creerse en el descubrimiento de alguna
explotación abandonada hacía siglos. Pero no era así. No se desprecian tales riquezas.
Los termitas humanos no habían roído nunca esta porción del subsuelo de Escocia; la
naturaleza había hecho todo esto. Pero, repetimos, ningún hipogeo de la época egipcia,
ninguna catacumba de la época romana habrían podido compararse a esta cavidad, sino
las célebres grutas de Mamuth, que, en una extensión de más de 20 millas, cuentan
doscientas veintiséis calles, once lagos, siete ríos, ocho cataratas, treinta y dos pozos
insondables y cincuenta y siete bóvedas, algunas de las cuales están suspendidas a más de
450 pies de altura.
Lo mismo que estas grutas, la Nueva Aberfoyle era obra, no de los hombres, sino del
Creador.
Tal era esta nueva mina de incomparable riqueza, cuyo descubrimiento pertenecía
propiamente al antiguo capataz. Diez años de morada en la mina, una rara tenacidad en
las exploraciones, una fe absoluta auxiliada por un marivilloso instinto de minero; todas
estas condiciones habían sido necesarias para hallar un resultado donde tantos otros
habrían recibido un desengaño. ¿Por qué los trabajos de sonda, practicados bajo la
dirección de Jacobo Starr en los últimos años de explotación, se habían detenido
precisamente en este límite en la frontera misma de la nueva mina? Por la casualidad, que
tiene una gran parte en las investigaciones de este género.
Pero, sea como fuere, había en el subsuelo escocés una especie de condado subterráneo,
al cual no faltaba para ser habitable más que los rayos del sol, y en su defecto la claridad
de un astro especial.

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