Una ciudad flotante (Julio Verne) Libros Clásicos

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pasillos de los dos pisos en que el buque se dividía por aquella parte. Mis pesquisas eran
fáciles, porque en la puerta de cada camarote, estaba escrito el nombre de los pasajeros, a
fin de simplificar el servicio de los camareros. No encontré el nombre de Harry Drake, lo
cual no me sorprendió, pues aquel hombre debía haber preferido un camarote de los
dispuestos en la parte de popa, junto a los salones menos frecuentados. Por lo demás, no
habiendo admirado los fletadores más que una clase de pasajeros, los camarotes de popa
y los de proa eran iguales bajo el punto de vista de las comodidades.
Me dirigí hacia los comedores y recorrí atentamente los pasillos laterales que separaban
las dos filas de camarotes. Todos estaban ocupados; todos tenían en la puerta el nombre
de algún pasajero; pero el de Harry Drake faltaba aun. Entonces me asombré, pues creía
haber visitado toda nuestra ciudad flotante, y no sabía que hubiera en ella otro barrio más
lejano. Pero un camarero, a quien interrogué, me dijo que existían otros cien camarotes,
detrás de los dining-rooms.
-¿Por dónde se baja a ellos? -pregunté.
-Por una escalera que desemboca en la cubierta, junto al salón.
-¿Y sabéis cuál ocupa mister Harry Drake?
-Lo ignoro -me respondió.
Subí a cubierta, costeé la cámara indicada y llegué a la escalera, que conducía, no a
grandes salones, sino a una habitación oscura, alrededor de la cual había una doble-fila de
camarotes. Para aislar a Elena, no podía Drake haber elegido lugar más a propósito. La
mayor parte de aquellos camarotes carecía de habitantes. Los reconocí, puerta por puerta.
Había en las tarjetas algunos nombres; pero no el de Drake. Desanimado, iba a retirarme,
cuando llegó a mis oídos un murmullo, apenas perceptible, que partía del fondo del
corredor de la izquierda. Me dirigí hacia aquel lado.
Los sonidos fueron acentuándose, y reconocí una especie de canto quejumbroso, cuyas
palabras no llegaban a mí.
Escuché. Cantaba una mujer, revelando su voz profunda pena. Aquella voz debía ser la
de la pobre loca. Mis presentimientos no me engañaban. Me acerqué sin ruido al
camarote número 775, que era el último de aquel oscuro pasillo y debía estar alumbrado
por tragaluces inferiores, practicados en la quilla del buque.

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