Una ciudad flotante (Julio Verne) Libros Clásicos

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¿Qué quería decir? Yo no le entendía, pero me señaló una torre edificada sobre un
peñasco, a algunos centenares de pies de la orilla, al borde mismo del precipicio. Aquel
«audaz» monumento, levantado en 1833 por un tal Judge Porter, se llama
«Terrapintower».
Descendimos por las rampas laterales del Goat-Island. Al llegar a la altura del curso
superior del Niágara, vi un puente, formado por algunas tablas echadas sobre puntas de
peñas, que unían la torre a la orilla. Aquel puente costeaba el abismo, a algunos pasos
sólo de distancia. El torrente mugía por debajo. Nos aventuramos sobre aquellos
maderos, y al cabo de algunos instantes, llegamos a la principal roca de las que soportan
el «Terrapintower». Aquella torre redonda, de 45 pies de altura, es de piedra. En lo más
alto de ella se desarrolla un balcón circular, rodeando un tejado cubierto de estuco rojizo.
La escalera de caracol es de madera. En sus escalones están escritos millares de nombres.
El que llega a lo alto de la torre, se agarra a la barandilla del balcón, y mira.
La torre está en plena catarata. Desde su cumbre, las miradas penetran en el abismo,
hundiéndose hasta la garganta de aquellos monstruos que beben el torrente. Se siente
cómo tiembla la roca que sostiene la torre. En torno de ella se descubren
desmoronamientos espantosos, como si el lecho del río cediera. No se oye hablar. De
aquellos remolinos de agua, salen truenos. Las líneas líquidas humean y silban, como
saetas. La espuma llega a lo alto del monumento. El agua pulverizada se eleva por los
aires, formando un espléndido arco iris.
Por un simple efecto de óptica, parece que la torre se mueve con terrible velocidad,
pero retrocediendo, afortunadamente, porque, si la ilusión fuese al contrario, el vértigo
sería irresistible, nadie podría mirar aquel abismo.
Jadeantes, fatigados, entramos un momento al piso alto de la torre. Allí, el doctor creyó
oportuno decirme:
-Este Terrapintower, amigo mío, caerá algún día al abismo; tal vez mucho antes de lo
que se cree.
-¿De veras?
-Es indudable. El gran salto canadiense retrocede, insensiblemente, pero retrocede. En
1833, cuando se construyó la torre, distaba de la catarata mucho más que hoy. Los
geólogos sostienen que hace 35.000 años, la catarata estaba en Queenstown, siete millas

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