La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas
y sacarlas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero,
que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja;
mas yo tomaba aquella laceria que el me daba, la cual en menos
de dos bocados era despachada.
Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que
yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura,
que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a
coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas
buenos pedazos, torreznos y longaniza; y así buscaba conveniente
tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que
el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas;
y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía
de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo
la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto
que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la
mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al
tiento luego conocía y sentia que no era blanca entera, y decía:
-¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me
dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí
hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha.
Tambien él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no
acababa, porque me tenía mandado que en yéndose el que la
mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia.

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