La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho
asiento en el estómago, y lo más principal: con el destiento de
la cumplidísima nariz medio cuasi ahogándome, todas estas cosas
se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se
manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño. De manera que
antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal
alteración sintió mi estomago que le dio con el hurto en ella,
de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un
tiempo salieron de mi boca.
¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que
muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que,
si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida.
Sacaronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos
pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rasguñado el
pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía, pues por su
maldad me venían tantas persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis
desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro
como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de
todos tan grande que toda la gente que por la calle pasaba
entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire
recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan
maltratado y llorando, me parecía que hacia sinjusticia en no se
las reír.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y
flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejarle sin
narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la mitad del

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