La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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Aquélla le cocía y
comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en
las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos
en el plato, diciendo: "Toma, come, triunfa, que para ti es el
mundo. Mejor vida tienes que el Papa."
"¡Tal te la dé Dios!", decía yo paso entre mí.
A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta
flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre.
Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me
remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener
en qué darle salto. Y aunque algo hubiera, no podía cegarle, como
hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció. Que
todavía, aunque astuto, con faltarle aquel preciado sentido no me
sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como
él tenía.
Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha
caía que no era de él registrada. El un ojo tenía en la gente y
el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si
fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta. Y
acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta y la ponía sobre
el altar.
No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con
él viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje
una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido
en su arcaz compasaba de tal forma que le turaba toda la semana.
Y por ocultar su gran mezquindad decíame:
"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su

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