La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso. Que mas vale
pedirlo por Dios que no hurtarlo. Y así él me ayude como ello me
parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo,
por lo que toca a mi honra. Aunque bien creo que será secreto,
segun lo poco que en este pueblo soy conocido. ¡Nunca a él yo
hubiera de venir!"
"De eso pierda, señor, cuidado -le dije yo-, que maldito
aquel que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de darla."
"Agora pues, come, pecador. Que, si a Dios place, presto
nos veremos sin necesidad. Aunque te digo que después que en esta
casa entré, nunca bien me ha ido. Debe ser de mal suelo, que hay
casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas
pegan la desdicha. Ésta debe de ser sin duda de ellas; mas yo te
prometo, acabado el mes, no quede en ella aunque me la den por
mía."
Sentéme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por
glotón, callé la merienda; y comienzo a cenar y morder en mis
tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío,
que no partía sus ojos de mis haldas, que aquella sazón servían
de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había de él,
porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado
y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidarle;
mas por me haber dicho que había comido, temíame no aceptaría el
convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su
trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues

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