Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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El armario, el tocador y las sillas eran de caoba barnizada en oscuro. Junto al lecho había un sillón lleno de cojines, casi tan ancho como alto, que me parecía un trono.
El cuarto era frío, porque casi nunca se encendía la chimenea en él; silencioso, porque estaba lejos de las cocinas y del cuarto de los niños; solemne, porque me constaba que se usaba pocas veces y porque... La criada sólo entraba allí los sábados para quitar el polvo del espejo y de los muebles. De tarde en tarde, Mrs. Reed visitaba también la habitación para revisar, en un departamento secreto del armario, las joyas que guardaba en unión de un retrato de su difunto marido...
La clave de que el cuarto rojo fuera imponente residía en esas últimas palabras. Mr. Reed había muerto nueve años atrás precisamente en aquella habitación, en ella había permanecido de cuerpo presente, y todo fue dejado allí en la misma forma en que se encontraba al fallecer su tío.
El asiento en que Bessie y la áspera Abbot me habían hecho instalarme era una otomana baja, próxima a la chimenea de mármol. Ante mí se erguía el lecho; a mi derecha quedaba el armario, grande y sombrío, con negros reflejos en sus paredes; y a la izquierda, las ventanas cerradas, entre las cuales había un gran espejo que duplicaba la visión de la vacía majestad del lecho y del aposento.
Yo no estaba absolutamente segura de si las dos mujeres habían cerrado la puerta al marcharse. Me atreví a levantarme para comprobarlo. ¡Ay, sí!, la encontré cerrada herméticamente.
Pasé ante el espejo otra vez. Involuntariamente mis ojos fascinados dirigieron una mirada al cristal. Todo parecía en el espejo más frío y más sombrío de lo que era en realidad, y la extraña figurita que, en el rostro lívido y los ojos brillantes de miedo, aparecía en el cristal se me figuraba un espíritu, uno de aquellos seres, entre hadas y duendes, que en las historias de Bessie se aparecían a los viajeros solitarios. Volví a mi asiento.
Comenzaba a acosarme a la superstición. Pero no me dominaba del todo: aún quedaban en mi alma rastros de la energía que me infundiera mi rebeldía reciente. En mi cabeza se agitaban las violencias de John Reed, la orgullosa indiferencia de sus hermanas, la aversión de su madre y la parcialidad de la servidumbre, como los sedimentos depositados dentro de un pozo salen a la superficie al agitarse sus aguas.

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