Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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Él la estrechó, sonriendo, y dijo:
-Vaya, vaya: todo va bien...
Luego encargó a Bessie que no me molestasen durante la noche y dio algunas otras instrucciones complementarias. Dijo después que volvería al día siguiente y se fue, con gran sentimiento mío. Mientras estuvo sentado junto a mí, yo sentía la impresión de que tenía un amigo a mi lado, pero cuando salió y la puerta se cerró tras él, un gran abatimiento invadió mi corazón. Dijérase que la habitación se había quedado a oscuras.
-¿No tiene ganas de dormir, Miss Jane? -preguntó Bessie con inusitada dulzura.
Apenas me atreví a contestarle, temiendo que sus siguientes palabras fuesen tan violentas como las habituales.
-Probaré a dormir -dije únicamente. -¿Quiere usted comer o beber algo? -No, Bessie; muchas gracias.
-Entonces voy a acostarme, porque son más de las doce. Si necesita algo durante la noche, llámeme. Aquella extraordinaria amabilidad me animó a preguntarle:
-¿Qué pasa, Bessie? ¿Estoy enferma?
-Se desmayó usted en el cuarto rojo. Pero esté segura de que pronto se pondrá buena.
Y se fue a la habitación de la doncella, que estaba contigua. Le oí decirle:
-Venga a dormir conmigo en el cuarto de los niños.
Sarah no quisiera por nada del mundo estar sola esta noche con esa pobre pequeña. Temo que se muera. ¡Dios sabe lo que habrá visto en el cuarto rojo! La señora esta vez ha sido demasiado severa.
Sarah la acompañó. Ambas se acostaron y durante media hora estuvieron cuchicheando, antes de dormirse. Yo únicamente pude entender retazos aislados de su conversación, por los que sólo saqué en limpio la esencia del objeto de la charla.
-Vio una aparición vestida de blanco... -...Y detrás de ella, un enorme perro negro... -...Tres golpes en la puerta de la habitación... -...Una luz en el cementerio de la iglesia...
Y otras cosas por el estilo. Se durmieron, al fin. El fuego y la bujía se apagaron. Pasé toda la noche en un temeroso insomnio. Mis ojos, mis oídos y mi cerebro estaban invadidos de un miedo terrible, de un miedo como sólo los niños pueden sentir.
Con todo, ninguna enfermedad grave siguió a aquel incidente del cuarto rojo. El suceso me produjo únicamente un trauma nervioso, que aún hoy repercute en mi cerebro. Sí, Mrs. Reed: a usted le debo bastantes sufrimientos mentales... Pero la perdono, porque sé que ignoraba usted lo que hacía y que, cuando me sometía a aquella tortura, pensaba corregir mis malas inclinaciones.

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