Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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No obstante, ahora tenía en mis manos aquel libro, tan querido para mí, y mientras pasaba sus páginas y contemplaba sus maravillosos grabados, todo lo que hasta entonces me causaba siempre tan infinito placer, me resultaba hoy turbador y temeroso. Los gigantes eran descarnados espectros, los enanos malévolos duendes y Gulliver un desolado vagabundo perdido en aquellas espantables y peligrosas regiones. Cerré el libro y lo coloqué sobre la mesa, al lado de la tarta intacta.
Bessie había terminado de arreglar el cuarto y, abriendo un cajoncito, lleno de espléndidos retales de tela y satén, se disponía a hacer un gorrito más para la muñeca de Georgiana. Mientras lo confeccionaba, comenzó a cantar:
En aquellos lejanos días... ¡Oh, cuánto tiempo atrás!...
Le había oído a menudo cantar lo mismo y me agradaba mucho. Bessie tenía -o me lo parecía- una voz muy dulce, pero entonces yo creía notar en su acento una tristeza indescriptible. A veces, absorta en su trabajo, cantaba el estribillo muy bajo, muy lento:
¡Cuántooooo tiempooooo atrááááás!
Y la melodía sonaba con la dolorosa cadencia de un himno funeral. Luego pasó a cantar otra balada y ésta era ya francamente melancólica:
Mis pies están cansados y mis miembros rendidos. ¡Qué áspero es el camino, qué empinada la cuesta! Pronto las tristes sombras de una noche sin Luna cubrirán el camino del pobre niño huérfano.
¡Oh! ¿Por qué me han mandado tan lejos y tan solo, entre los campos negros y entre las grises rocas?
Los hombres son muy duros: solamente los ángeles velan los tristes pasos del pobre niño huérfano.
Y he aquí que sopla, suave, la brisa de la noche; ya en el cielo no hay nubes y las estrellas brillan, porque Dios, bondadoso, ha querido ofrecer protección y esperanza al pobre niño huérfano.
Acaso caeré cruzando el puente roto,
o me hundiré en las ciénagas siguiendo un fuego fatuo. Pero entonces el buen Padre de las alturas, recibirá el alma del pobre niño huérfano.
Y aun cuando en este mundo no haya nadie que me ame y no tenga ni padres ni hogar a que acogerme, no ha de faltar, al fin, en el cielo, un hogar ni el cariño de Dios al pobre niño huérfano. Bessie, cuando acabó de cantar, me dijo: -Miss Jane: no llore...
Era como si hubiese dicho al fuego: «No quemes». Pero ¿cómo podía ella adivinar mi sufrimiento?
Mr. Lloyd acudió durante la mañana.

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