Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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-¿Qué cosas? Dímelas.
Yo hubiera deseado de todo corazón explicárselas. Y, sin embargo, me resultaba difícil contestarle con claridad. Los niños sienten, pero no saben analizar sus sentimientos, y si logran analizarlos en parte, no saben expresarlos con palabras. Temerosa, sin embargo, de perder aquella primera y única oportunidad que se me ofrecía de aliviar mis penas narrándolas a alguien di, después de una pausa, una respuesta tan verdadera como pude, aunque poco explícita en realidad:
-Soy desgraciada porque no tengo padre, ni madre, ni hermanos, ni hermanas.
-Pero tienes una tía bondadosa y unos primitos... Yo callé un momento. Luego insistí:
-Pero John me pega y mi tía me encierra en el cuarto rojo.
Mr. Lloyd sacó otra vez su caja de rapé.
-¿No te parece que esta casa es muy hermosa? -dijo-. ¿No te agrada vivir en un sitio tan bonito? -Pero la casa no es mía, y Abbot dice que tengo menos derecho de estar aquí que una criada.
-¡Bah! No es posible que no te encuentres a gusto... -Si tuviera donde ir, me iría muy contenta, pero no podré hacerlo hasta que sea una mujer.
-Acaso puedas, ¿quién sabe? ¿No tienes otros parientes además de Mrs. Reed?
-Creo que no, señor.
-¿Tampoco por parte de tu padre?
-No lo sé. He preguntado a la tía y me ha respondido que tal vez tenga algún pariente pobre y humilde, pero que no sabe nada de ellos.
-Si lo tuvieras, ¿te gustaría irte con él?
Reflexioné. La pobreza desagrada mucho a las personas mayores y, con más motivo, a los niños. Ellos no tienen idea de lo que sea una vida de honrada y laboriosa pobreza y ésta la relacionan siempre con los andrajos, la comida escasa la lumbre apagada, los modales groseros y los vicios censurables. La pobreza entonces era, para mí, sinónimo de degradación.
No, no me gustaría vivir con pobres fue mi respuesta. -¿Aunque fuesen amables contigo?
Yo no comprendía cómo unas personas humildes podían ser amables. Además, hubiera tenido que acostumbrarme a hablar como ellos, adquirir sus modales, convertirme en una de aquellas mujeres pobres que yo veía cuidando de los niños y lavando la ropa a la puerta de las casas de Gateshead. No me sentí lo bastante heroica para adquirir mi libertad a tal precio.
Así, pues, dije:
-No; tampoco me gustaría ir con personas pobres, aunque fueran amables conmigo.
-¿Tan miserables piensas que son esos parientes tuyos? ¿A qué se dedican? ¿Son trabajadores?

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