Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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-No lo sé. La tía dice que, si tengo algunos, deben ser unos pordioseros. Y a mí no me gustaría ser una mendiga.
-¿No te gustaría ir a la escuela?
Volví a reflexionar. Apenas sabía lo que era una escuela. Bessie solía hablar de ella como de un sitio donde las muchachas se sentaban juntas en bancos y donde había que ser muy correctos y puntuales. John Reed odiaba el colegio y renegaba de su maestro, pero las inclinaciones de John Reed no tenían por qué servirme de modelo, y si bien lo que Bessie contaba acerca de la disciplina escolar (basándose en los informes suministrados por las hijas de la familia donde estuviera colocada antes de venir a Gateshead) era aterrador en cierto sentido, otros datos proporcionados por ella y obtenidos de aquellas mismas jóvenes, me parecían considerablemente atractivos. Bessie solía hablar de cuadritos de paisajes y flores que aquellas jóvenes aprendían a hacer en el colegio, de canciones que cantaban y música que tocaban, de libros franceses que traducían... Todo aquello me inclinaba a emularlas. Además, estar en la escuela significaba cambiar de vida; hacer un largo viaje, salir de Gateshead... Cosas todas que resultaban en gran manera atrayentes.
-Me gustaría ir a la escuela -fue, pues, la contestación que di como resumen de mis pensamientos.
-Bueno, bueno. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? -dijo Mr. Lloyd. Y agregó, al salir, como hablando consigo mismo-: La niña necesita cambio de aire y de ambiente. Sus nervios no se hallan en buen estado.
Bessie volvía del comedor y, al mismo tiempo, sentimos el rodar de un carruaje sobre la arena del camino. -¿Es su señora? -preguntó el boticario-. Quisiera hablar con ella antes de irme.
Bessie le invitó a pasar al comedorcito. En la entrevista que Mr. Lloyd tuvo con mi tía supongo, por el desarrollo ulterior de los sucesos, que él recomendó que me enviasen a un colegio y que la resolución fue bien acogida por ella. Así lo deduje de una conversación que una noche mantuvo Abbot con Bessie en nuestro cuarto cuando yo estaba ya acostada y, según ellas creían, dormida.
-La señora quedará encantada de librarse de una niña tan traviesa y de tan malos instintos, que no hace más que maquinar maldades -decía Abbot quien, al parecer, debía de tenerme por un Guy Fawkes en ciernes.
Aquella misma noche, en el curso de la charla de las dos mujeres, me enteré por primera vez de que mi padre había sido un humilde pastor; de que mi madre se casó con él contra la voluntad de sus padres, quienes consideraban al mío como muy inferior a ellos; de que mi abuelo, enfurecido, se negó a ayudar a mi madre ni con un chelín; de que mi padre había contraído el tifus visitando a los enfermos pobres de una ciudad fabril donde estaba situado su curato; y de que se lo contagió a mi madre, muriendo los dos con el intervalo de un mes.

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