Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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Bessie, oyendo aquel relato, suspiró y dijo:
-La pobrecita Jane es digna de compasión, ¿verdad Abbot?
-Si fuese una niña agradable y bonita -repuso Abbot-, sería digna de lástima, pero un renacuajo como ella no inspira compasión a nadie.
-No mucha, es verdad... -convino Bessie-. Si fuera tan linda como Georgiana, las cosas sucederían de otro modo.
-¡Oh, yo adoro a Georgiana! -dijo la vehemente Abbot-. ¡Qué bonita está con sus largos rizos y sus ojos azules y con esos colores tan hermosos que tiene! Parecen pintados... ¡Ay, Bessie; me apetecería comer liebre!
-También a mí. Pero con un poco de cebolla frita. Venga, vamos a ver lo que hay.
Y salieron.

IV
De mi conversación con Mr. Lloyd y de la mencionada charla entre Miss Abbot y Bessie deduje que se aproximaba un cambio en mi vida. Esperaba en silencio que ocurriese, con un vivo deseo de que tanta felicidad se realizara. Pero pasaban los días y las semanas, mi salud se iba restableciendo del todo y no se hacían nuevas alusiones al asunto. Mi tía me miraba con ojos cada vez más severos, apenas me dirigía la palabra y, desde los incidentes que he mencionado, procuraba ahondar cada vez más la separación entre sus hijos y yo. Me había destinado un cuartito para dormir sola, me condenaba a comer sola también y me hacía pasar todo el tiempo en el cuarto de niños, mientras ellos estaban casi siempre en el salón. No hablaba nada de enviarme a la escuela, pero yo presentía que no había de conservarme mucho tiempo bajo su techo. En sus ojos, entonces más que nunca, se leía la extraordinaria aversión que yo le inspiraba.
Eliza y Georgiana -obraban sin duda en virtud de instrucciones que recibieran- me hablaban lo menos posible. John me hacía burla con la lengua en cuanto me veía, y una vez intentó pegarme, pero yo me revolví con el mismo arranque de cólera y rebeldía que causara mi malaventura la otra vez y a él le pareció mejor desistir. Se separó abrumándome a injurias y diciendo que le había roto la nariz. Yo le había asestado, en efecto, en esta prominente parte de su rostro un golpe tan fuerte como mis puños me lo permitieron y cuando noté que aquello le lastimaba, me preparé a repetir mis arremetidas sobre su lado flaco. Pero él se apartó y fue a contárselo a su mamá.

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