Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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La evoco como una joven delgada, de cabello negro, ojos oscuros, bellas facciones y buena figura. Pero tenía un carácter variable y caprichoso y era indiferente a todo principio de justicia o de moral. Fuera como fuese, ella era la persona a quien más quería de las de la casa.
Llegó el 15 de enero. Eran las nueve de la mañana. Bessie había salido a desayunar. Eliza estaba poniéndose un abrigo y un sombrero para ir a un gallinero de que ella misma cuidaba, ocupación que le agradaba tanto como vender los huevos al mayordomo y acumular el importe de sus transacciones. Tenía marcada inclinación al ahorro, y no sólo `vendía huevos y pollos, sino que también entablaba activos tratos con el jardinero, quien, por orden de Mrs. Reed, compraba a su hija todos los productos que ésta cultivaba en un cuadro del jardín reservado para ella: semillas y retoños de plantas y flores. Creo que Eliza hubiera sido capaz de vender su propio cabello si creyera sacar de la operación un beneficio razonable. Guardaba sus ahorros en los sitios más desconcertantes, a lo mejor en un trapo o en un pedazo de papel viejo, pero después, en vista de que a veces las criadas descubrían sus escondrijos, Eliza optó por prestar sus fondos a su madre, a un interés del cincuenta o sesenta por ciento, y cada trimestre cobraba con rigurosa exactitud sus beneficios, llevando con extremado cuidado en un pequeño libro las cuentas del capital invertido.
Georgiana, sentada en una silla alta, se peinaba ante el espejo, intercalando entre sus bucles flores artificiales y otros adornos de los que había encontrado gran provisión en un cajón del desván. Yo estaba haciendo mi cama, ya que había recibido perentorias órdenes de Bessie de que la tuviese arreglada antes de que ella regresase. Bessie solía emplearme como una especie de segunda doncella del cuarto de jugar y, a veces, me mandaba quitar el polvo, limpiar el cuarto, etc. Después de hacer la cama, me acerqué a la ventana y comencé a poner en orden varios libros de estampas y algunos muebles de la casa de muñecas que había en el alféizar. Pero habiéndome ordenado secamente Georgiana (de cuya propiedad eran las sillitas y espejitos y los minúsculos platos y copas) que no tocara sus juguetes, interrumpí mi ocupación y, a falta de otra mejor, me dediqué a romper las flores de escarcha con que el cristal de la ventana estaba cubierto, para poder mirar a través del vidrio el aspecto del paisaje, quieto y como petrificado bajo la helada invernal.

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