Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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Desde la ventana se veían el pabellón del portero y el camino de coches, y precisamente cuando yo arranqué parte de la floración de escarcha que cubría con una película de plata el cristal, vi abrirse las puertas y subir un carruaje por el camino. Lo miré con indiferencia. A Gateshead venían coches frecuentemente y ninguno traía visitantes que me interesaran. El carruaje se detuvo frente a la casa, oyóse sonar la campanilla, y el recién llegado fue recibido. Pero yo no hacía caso de ello, porque mi atención estaba concentrada en un pajarillo famélico, que intentaba picotear en las desnudas ramitas de un cerezo próximo a la pared de la casa. Los restos del pan y la leche de mi desayuno estaban sobre la mesa. Abrí la ventana, cogí unas migajas y las estaba colocando en el borde del antepecho, cuando irrumpió Bessie.
-¿Qué está usted haciendo señorita Jane? ¿Se ha lavado las manos y la cara?
Antes de contestar, me incliné sobre la ventana otra vez, a fin de colocar en sitio seguro el pan del pájaro, y cuando hube distribuido las migajas en distintos lugares, cerré los batientes y repliqué:
-Aún no, Bessie. Acabo de terminar de limpiar el polvo.
-¡Qué niña! ¿Qué estaba usted haciendo? Está usted encarnada. ¿Por qué tenía la ventana abierta?
No necesité molestarme en contestarla, pues Bessie tenía demasiada prisa para perder tiempo en oír mis explicaciones. Me condujo al lavabo, me dio un enérgico, aunque afortunadamente breve restregón de manos y cara con agua, jabón y una toalla, me peinó con un áspero peine y, en seguida, me dijo que bajase al comedorcito de desayunar.
Hubiera deseado preguntarle el motivo y saber si mi tía estaba allí o no, pero Bessie se había ido y cerrado la puerta del cuarto. Así, pues, bajé lentamente. Hacía cerca de tres meses que no me llamaban a presencia de mi tía. Confinada en las habitaciones de niños, el comedorcito, el comedor grande y el salón eran para mí regiones vedadas.
Antes de entrar en el comedor, me detuve en el vestíbulo, intimidada y temblorosa. En aquella época de mi vida, los castigos injustos que recibiera habían hecho de mí una infeliz cobarde. Durante diez minutos titubeé; ni me atrevía a volver a subir ni me atrevía a entrar en donde me esperaban.
El impaciente sonido de la campanilla del comedorcito me decidió. No había más remedio que entrar.

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