Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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Pero era un niño bueno y su alma estará en el Cielo ahora. Es de temer que no se pueda decir lo mismo de ti, si Dios te llama.
No sintiéndome lo suficientemente informada para aclarar sus temores, me limité a suspirar y a clavar la mirada en sus inmensos pies, deseando vivamente marcharme de allí cuanto antes.
-Espero que ese suspiro te saldrá del alma y que te arrepentirás de haber obrado mal con tu bondadosa bienhechora.
«¿Mi bienhechora? -pensé-. Todos dicen que mi tía es mi bienhechora. Si lo es de verdad, una bienhechora resulta una cosa muy desagradable.»
-¿Rezas siempre por la noche y por la mañana? -continuó mi interlocutor.
-Sí, señor. -¿Lees la Biblia? -A veces.
-¿Y qué te gusta más de ella?
-Me gustan las Profecías, y el libro de Daniel, y el de Samuel, y el Génesis, y una parte del Éxodo, y algunas de los Reyes y las Crónicas, y Job, y Jonás.
-¿Y los Salmos? ¿Te gustan? -No, señor.
-¡Qué extraño! Yo tengo un niño más pequeño que tú que sabe ya seis salmos de memoria, y cuando se le pregunta si prefiere comer pan de higos o aprender un salmo, responde: «Aprender un salmo. Los ángeles cantan salmos y yo quiero ser un ángel». Y entonces se le dan dos higos para recompensar su piedad infantil.
-Los Salmos no son interesantes -contesté.
-Eso prueba que eres una niña mala y debes rogar a Dios que cambie tu corazón, sustituyendo el de piedra que tienes por otro humano.
Ya iba yo a preguntarle detalles sobre el procedimiento a seguir durante la operación de cambiarme de víscera, cuando Mrs. Reed me mandó sentar y tomó la palabra.
-Mr. Brocklehurst: creo haberle indicado en la carta que le dirigí hace tres semanas que esta niña no tiene el carácter que yo desearía que tuviese. Me agradaría que, cuando se halle en el colegio de Lowood, las maestras la vigilen atentamente y procuren corregir su defecto más grave: la tendencia a mentir. Ya lo sabes, Jane: es inútil que intentes embaucar al señor Brocklehurst.
Por mucho que hubiera deseado agradar a mi tía, frases como aquélla, frecuentemente repetidas, me impedían hacerlo. En este momento, en que iba a emprender una nueva vida, ya ella se encargaba de sembrar por adelantado aversión y antipatía en mi camino. Me veía transformada ante los ojos del señor Brocklehurst en una niña embustera.

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