Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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La inspectora del colegio de Lowood (pues aquel era el cargo que ocupaba) se sentó ante dos esferas que trajeron y colocaron sobre una mesa, y comenzó a dar la primera clase, una lección de geografía. Entretanto, las otras maestras llamaron a las alumnas de los grados inferiores, y durante una hora se estudió historia, gramática, etcétera. Luego siguieron escritura y aritmética y, finalmente, Miss Temple enseñó música a varias de las alumnas de más edad. La duración de las lecciones se marcaba por el reloj. Cuando dieron las doce, la inspectora se levantó:
-Tengo que hablar dos palabras a las alumnas -dijo.
El tumulto consecutivo al fin de las lecciones iba ya a comenzar, pero al sonar la voz de la inspectora, se calmó.
-Esta mañana les han dado un desayuno que no han podido comer. Deben ustedes estar hambrientas. He ordenado que se sirva a todas un bocadillo de pan y queso. Esto se hace bajo mi responsabilidad -aclaró la inspectora.
Y en seguida salió de la sala.
El queso y el pan fueron distribuidos inmediatamente, con gran satisfacción de las pupilas. Luego se dio la orden de «¡Al jardín!» Cada una se puso un sombrero de paja ordinaria con cintas de algodón, y una capita gris. A mí me equiparon con idénticas prendas y, siguiendo la corriente general, salí al aire libre.
El jardín era grande. Estaba rodeado de tapias tan altas que impedían toda mirada del exterior. Una galería cubierta corría a lo largo de uno de los muros. Entre dos anchos caminos había un espacio dividido en pequeñas parcelas, cada una de las cuales estaba destinada a una alumna, a fin de que cultivase flores en ella. Aquello debía de ser muy lindo cuando estuviera lleno de flores, pero entonces nos hallábamos a fines de enero y todo tenía un triste color parduzco. El día era muy malo para jugar a cielo descubierto. No llovía, pero una amarillenta y penetrante neblina lo envolvía todo, y los pies se hundían en el suelo mojado. Las chicas más animosas y robustas se entregaban, sin embargo, a ejercicios activos, pero las menos vigorosas se refugiaron en la galería para guarecerse y calentarse. La densa niebla penetró tras ellas. Yo oía de vez en cuando el sonido de una tos cavernosa.
Ninguna me había hecho caso, ni yo había hablado a ninguna, pero como estaba acostumbrada a la soledad, no me sentía muy disgustada.

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