Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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Jamás me cansé de leerle, jamás de guiarle adonde quería ir. Y en aquellos servicios que le prestaba y que él me pedía sin vergüenza ni humillación, había el más delicado e inefable de los placeres. Él me amaba lealmente y comprendió cuánto le amaba yo al comprobar que atenderle y mimarle constituían mis más dulces aspiraciones.
Pasados los dos años, una mañana, mientras me dictaba una carta, se acercó y me dijo:
-Jane: ¿llevas al cuello alguna cosa brillante?
-Sí -contesté, porque llevaba, en efecto, una cadena de reloj, de oro.
-¿Y no vistes un traje azul celeste?
Asentí. Entonces me manifestó que hacía tiempo venía pareciéndole que la oscuridad que obstruía uno de sus ojos era menos densa que antes. Y acababa de tener la certeza de ello.
Fuimos a Londres, consultamos a un oculista eminente y Edward recobró la vista. No ve con mucha claridad, no le cabe leer ni escribir demasiado, pero puede andar sin que le guíen, el cielo no está en sombras para él ni vacía la tierra. Cuando nació nuestro primer hijo, al tomarlo en sus brazos pudo apreciar que el niño tenía sus mismos ojos grandes, brillantes y negros de antes. Y una vez más dio gracias a Dios, que había suavizado su justicia con su misericordia.
Mi Edward y yo, pues, somos felices, y lo somos más aún porque sabemos felices también a los que apreciamos. Diana y Mary Rivers se han casado y todos los años vienen a vernos y nosotros les devolvemos la visita. El marido de Diana es un capitán de navío, brillante oficial y hombre bondadoso. El de Mary es sacerdote, antiguo amigo de colegio de su hermano y, por sus principios y su cultura, muy digno de su mujer. Tanto el capitán Fitz James como el padre Wharton aman a sus esposas y son amados por ellas.
John Rivers partió de Inglaterra y se fue a la India. Siguió y sigue aún la senda que se marcó. Jamás ha habido misionero más resuelto e infatigable que él, aun en medio de los mayores peligros. Firme, fiel, devoto, lleno de energía, celo y sinceridad, labora por sus semejantes, procurando mejorar su, penoso camino, desbrozando, como un titán, los prejuicios de casta y de creencia que lo obstruyen. Podrá ser duro, podrá ser intransigente, podrá incluso ser ambicioso, pero su dureza es la del esforzado guerrero que defiende la caravana contra el enemigo; su intransigencia, la del apóstol que, en nombre de Cristo, dice: «Quien quiera ser mi discípulo, reniegue de sí mismo, tome su cruz y sígame»; y, en fin, su ambición es la del espíritu superior que reclama un puesto de primera línea entre los que, desinteresándose de las cosas terrenas, se presentan inmaculados ante el trono de Dios, participan en la final victoria del Divino Cordero y son, conjuntamente, llamados elegidos y fieles creyentes.

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