Julio César (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Pero no empañemos la serena virtud de nuestra empresa ni el indomable temple de nuestro ánimo suponiendo que nuestra causa o-su ejecución necesitaban jurarse, cuando cada gota de sangre que todo romano lleva, y lleva noblemente, sería culpable de diversas bastardías, si quebrantara la más mínima parte de su promesa.
CASIO. - ¿Qué hacemos de Cicerón? ,¿Le sondeamos? Creo que se pondrá decididamente al lado nuestro.
CASCA. - No debemos excluirle.
CINA. - ¡No, de ningún modo!
METELO. - ¡Oh! Contemos con él, pues sus cabellos de plata granjearán una buena reputación, consiguiendo que se levanten voces para realzar nuestros hechos. Se dirá que sus juicios han dirigido nuestras manos. Nuestra mocedad y audacia, lejos de mostrarse, desaparecerán bajo su gravedad.
BRUTO. - ¡Oh, no le nombréis! ¡No nos comuniquemos con él! ¡Jamás se adherirá a cosa alguna empezada por otro!
CASIO. - Entonces, dejémosle.
CASCA. - Verdaderamente, no nos conviene.

DECIO. - No habrá de tocarse a ninguna otra persona, con la única excepción de César?
CASIO. -. ¡Bien pensado, Decio! No creo oportuno que Marco Antonio, tan querido de César, deba sobrevivir a César. Tendríamos en él un intrigante astuto, y no ignoráis que si pusiera en práctica sus recursos, puede ir tan lejos que nos diera a todos que sentir. En evitación de esto, ¡que Antonio y César caigan juntos!
BRUTO. - Nuestra conducta parecería demasiado sangrienta, Cayo Casio, al cortar la cabeza y mutilar después los miembros, como si diéramos la muerte con ira y a ella siguiera el odio, pues Antonio no es esto, buenos días a todos. (Salen todos, menos BRUTO.) ¡Muchacho! ¡Lucio! ¿Dormido como un tronco? Pero no importa. Goza el dulce y pesado rocío del sueño. ¡Tú no tienes ni los cálculos ni las fantasías que el afanoso cuidado hace brotar del cerebro de los hombres! ¡Por eso es tu sueño tan profundo! (Entra PORCIA.)
PORCIA. - ¡Bruto, mi señor!
BRUTO. - ¿Qué os sucede, Porcia? ¿Por qué os levantáis ya? No es conveniente para vuestra salud exponer así vuestra delicada complexión al crudo frío de la madrugada.
PORCIA. - Ni para la vuestra tampoco. Os habéis deslizado del lecho furtivamente, Bruto, y anoche, durante la cena, os levantasteis de pronto y, cruzando los brazos, os pusisteis a pasear, cavilando y suspirando, y al preguntaros qué os sucedía, me mirasteis severamente.

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