Julio César (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Redoblé mis instancias, entonces despeinasteis vuestra cabeza y, muy impaciente, golpeasteis el suelo con el pie. Insistí de nuevo, y ni aun me respondisteis, sino que, con un gesto de mal humor, me hicisteis señas con la mano de que os dejara. Así lo verifiqué, temiendo acrecentar vuestra impaciencia, que ya creía irritada en exceso, y presumiendo que todo ello no sería sino un efecto de humor, al que están a veces sujetos los hombres. Pero eso no os impedirá comer, hablar, dormir, y si hubiera trastornado vuestro semblante como ha hecho cambiar vuestra condición, no os conocería, Bruto. Mi querido señor, permitidme que sepa la causa de vuestro pesar.
BRUTO. - No estoy bien de salud, eso es todo.
PORCIA. - Bruto es discreto, y si no gozase de buena salud buscaría los medios de recobrarla.
BRUTO. - Pues eso hago, buena Porcia, volved al lecho.
PORCIA. - ¿Bruto está enfermo? ¿Y es saludable ir descubierto y aspirar las emanaciones de la húmeda alborada? ¡Qué! ¿Bruto está enfermo y abandona su sano lecho
para exponerse al pernicioso contagio de la noche y desafiar a la humedad y al aire viciado, que aumentarán su mal? ¡No, Bruto mío! , ¡Vos encerráis alguna amarga dolencia dentro de vuestra alma, la cual, por los derechos y prerrogativas da mi puesto, me corresponde conocer! Yo os conjuro, en nombre de la hermosura que en algún tiempo se me ponderaba, por vuestras protestas de amor y aquel solemne juramento que nos incorporó, haciendo de los dos uno solo, que me confiéis a mí, que soy vos mismo, vuestra mitad, por qué estáis tan triste y qué hombres fueron los que se dirigieron a vos esta noche, pues había seis o siete que ocultaban sus rostros aún a la misma obscuridad.
BRUTO. - ¡No os arrodilléis, gentil Porcia!
PORCIA. - ¡No lo necesitaría si fuerais vos el antes gentil Bruto! En el contrato de matrimonio, decidme, Bruto, ¿se estipuló que ignorase yo secretos que os concerniesen? ¿Soy yo vos mismo, pero con ciertas restricciones, como acompañaros a la mesa, compartir vuestro tálamo y hablaros tal cual vez? ¿No hay lugar para mí sino en los arrabales de vuestra buena condescendencia? Sí no soy más que eso, Porcia es la querida de Bruto, no su mujer.
BRUTO. - ¡Tú eres mí leal, mi honrada esposa, tan amada por mí como las gotas de sangre que afluyen a mi afligido corazón!

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