Julio César (William Shakespeare) Libros Clásicos

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OCTAVIO. - Hagámoslo así. Porque estamos en el poste; numerosos contrarios nos rodean, y me temo que algunos de los que nos sonríen abrigan en su corazón infinitas maldades. (Salen.)
SCENA SECUNDA
Campo cerca de Sardis. - Ante la tienda de Bruto
Tambores, Entran BRUTO, LUCILIO, LUCIO y soldados. Los acompañan TITINIO
y PÍNDARO BRUTO. - ¡Alto, eh! LUCILIO. - ¡Dad la seña, eh! ¡Y alto! BRUTO. - ¡Qué hay, Lucilio! ¿Está cerca Casio? LUCILIO. - Está al llegar, y Píndaro ha venido a saludarnos de parte de su señor. BRUTO. - Me saluda amistosamente. Vuestro amo, Píndaro, sea por propia mudanza,
o por mal consejo de sus oficiales, me ha dado motivos suficientes para ansiar que ciertas cosas hechas se deshicieran; pero si está tan próximo, me explicaré con él. PÍNDARO. - No dudo que mi noble señor aparecerá tal como es, lleno de discreción y
honorabilidad. BRUTO. - No se duda de él. Una palabra, Lucilio. ¿Cómo os recibió? Que yo lo sepa. LUCILIO.-Con bastante respeto y cortesía; pero no con las mismas pruebas de
familiaridad ni con aquel libre y amistoso trato que antes le eran habituales..
BRUTO. - Acabas de describirme al ardoroso amigo que se entibia. Observad, Lucilio, que cuando la amistad comienza a debilitarse y decaer, afecta ceremonias forzadas. La fe pura y sencilla no admite disfraces, pero los hombres frívolos, como los caballos sin domar, hacen alarde y ostentación de su energía; cuando sienten la sangrienta espuela, dejan caer la cabeza. Y, como rocines falsos, sucumben en la prueba, adelantan sus tropas?
LUCILIO. - Tienen intención de acampar esta noche en Sardis. El grueso del ejército, la caballería inclusive, vienen con Casio. (Marcha dentro.)
BRUTO - ¡Escuchad! Ya ha llegado. Vamos sin ruido a su encuentro. (Entran CASIO y soldados.) CASIO. - ¡Firmes! ¡Eh!
BRUTO. - ¡Firmes! ¡Transmitid la seña a lo largo de las filas!
SOLDADO PRIMERO. - ¡Firmes!
SOLDADO SEGUNDO. - ¡Firmes!
SOLDADO TERCERO. - ¡Firmes!
CASIO. -¡Habéis sido injusto conmigo, noble hermano!
BRUTO. - ¡Juzgadme, dioses! ¿Soy injusto con mis amigos? Y si no lo soy, ¿cómo podría serlo con un hermano?
CASIO. - Bruto, bajo esa templada apariencia encubrís injusticias. Y cuando las causáis...
BRUTO. - ¡Conteneos, Casio! Exponed quedamente vuestras quejas. Os conozco bien. Aquí, en presencia de nuestros dos ejércitos, que no deben ver en nosotros sino cariño, no discutamos.

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